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Asesino de brujas - Volumen 2

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سال:
2021
ناشر کتب:
Puck
زبان:
spanish
ISBN:
B08QNHGJB2
فائل:
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1

Do Sintoma ao Diagnóstico Baseado em Casos Clínicos

Year:
2012
Language:
portuguese
File:
PDF, 188.67 MB
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2

Asesino de brujas: La bruja blanca

Year:
2020
Language:
spanish
File:
EPUB, 2.22 MB
5.0 / 0
			Traducción de Estíbaliz Montero





			Argentina – Chile – Colombia – España

Estados Unidos – México – Perú – Uruguay





Título original: Blood & Honey

			Editor original: HarperTeen, un sello de HarperCollins Publishers.

			Traductora: Estíbaliz Montero


1.ª edición: enero 2021

			Reservados todos los derechos. Queda rigurosamente prohibida, sin la autorización escrita de los titulares del copyright, bajo las sanciones establecidas en las leyes, la reproducción parcial o total de esta obra por cualquier medio o procedimiento, incluidos la reprografía y el tratamiento informático, así como la distribución de ejemplares mediante alquiler o préstamo públicos.

			© 2020 by Shelby Mahurin

			Publicado en virtud de un acuerdo con Harper Collins Children's Books, un sello de HarperCollins Publishers

			All Rights Reserved

			© de la traducción 2020 Estíbaliz Montero

			© 2021 by Ediciones Urano, S.A.U.

			Plaza de los Reyes Magos, 8, piso 1.º C y D – 28007 Madrid

			www.mundopuck.com



			ISBN: 978-84-18259-41-8



			Fotocomposición: Ediciones Urano, S.A.U.





Para Beau, James y Rose, a quienes amo incondicionalmente…





Primera Parte



			Il n’y a pas plus sourd que celui qui ne veut pas entendre.

			No hay peor sordo que el que no quiere oír.

			—PROVERBIO FRANCÉS





		 			Capítulo 1

Mañana



			Lou

			Unas nubes oscuras se arremolinaron sobre nosotros.

			Aunque no podía ver el cielo a través del grueso dosel de La Fôret des Yeux, ni sentir el viento cortante que se levantaba más allá de nuestro campamento, sabía que se estaba gestando una tormenta. Los árboles se mecían en el crepúsculo gris, y los animales habían buscado refugio. Varios días atrás, nos habíamos cobijado en nuestra propia guarida: una peculiar cuenca en el suelo del bosque, donde los árboles habían echado raíces como si fueran dedos que se introducían y emergían de la fría tierra. Lo había llamado, cariñosamente, el Hueco. Aunque la nieve cubría como polvo todo lo que había fuera, los copos se derretían al;  contacto con la magia protectora que madame Labelle había conjurado.

			Ajustando la piedra de hornear sobre el fuego, pinché con esperanza el bulto deforme que se hallaba encima. No se lo podía llamar pan exactamente, ya que había preparado el mejunje con nada más que corteza molida y agua, pero me negaba a ingerir otra comida a base de piñones y raíz de cardo lechero. Sencillamente, me negaba. Una chica debía llevarse algo sabroso a la boca de vez en cuando, y no me refería a las cebollas silvestres que Coco había encontrado esa mañana. Mi aliento todavía olía como el de un dragón.

			—No pienso comerme eso —dijo Beau con rotundidad, mirando el pan de pino como si de pronto fueran a brotarle piernas y lo fuera a atacar. Su pelo negro, que normalmente llevaba peinado de un modo impecable, se agitaba en ondas despeinadas, y varias salpicaduras de suciedad le cubrían la curtida mejilla. Aunque su traje de terciopelo habría sido la última moda en Cesarine, también estaba cubierto de mugre.

			Le sonreí.

			—Bien. Muérete de hambre.

			—¿Es…? —Ansel se acercó, arrugando la nariz con disimulo. Con los ojos brillantes por el hambre y el pelo enredado por el viento, no le había ido mucho mejor que a Beau en plena naturaleza. Pero Ansel, con su piel aceitunada y su complexión de sauce, sus pestañas rizadas y su sonrisa genuina, siempre sería atractivo. No podía evitarlo—. ¿Crees que es…?

			—¿Comestible? —contribuyó Beau, arqueando una ceja oscura—. No.

			—¡No iba a decir eso! —Las mejillas de Ansel se tiñeron de rosa, y me dirigió una mirada de disculpa—. Iba a decir… bueno. ¿Crees que está bueno?

			—La respuesta a eso también es no. —Beau se dio la vuelta para hurgar en su morral. Triunfante, se enderezó un momento después con un puñado de cebollas y se llevó una a la boca—. Esta será mi cena esta noche, gracias.

			Cuando abrí la boca para responderle de forma mordaz, Reid me pasó un brazo por los hombros; pesado, cálido y reconfortante. Me dio un beso en la sien.

			—Estoy seguro de que el pan está delicioso.

			—Así es. —Me incliné hacia él, pavoneándome ante el cumplido.

			—Estará delicioso. Y no oleremos a capu…, esto… a cebolla, toda la noche. —Sonreí con dulzura a Beau, que se detuvo con la mano a medio camino de la boca, frunciendo el ceño tras su cebolla—. Vas a estar apestando por lo menos un día entero.

			Reid se rio, se agachó para besarme el hombro y su voz, lenta y profunda, retumbó contra mi piel.

			—¿Sabes? Hay un arroyo siguiendo el camino.

			Instintivamente, estiré el cuello y él me dio otro beso en la garganta, justo debajo de la mandíbula. Se me aceleró el pulso contra su boca. Aunque Beau frunció los labios en señal de disgusto por nuestra exhibición pública, lo ignoré, deleitándome en la cercanía de Reid. No habíamos estado solos en condiciones desde que me había despertado después de Modraniht.

			—Tal vez deberíamos ir a verlo —dije sin aliento. Como de costumbre, Reid se alejó demasiado pronto—. Podríamos llevarnos el pan y… hacer un pícnic.

			Madame Labelle volvió la cabeza hacia nosotros desde el otro lado del campamento, donde ella y Coco discutían entre las raíces de un abeto centenario. Aferraban un trozo de pergamino entre las dos, tenían los hombros tensos y el rostro macilento. Tinta y sangre salpicaban los dedos de Coco. Ya había enviado dos misivas a La Voisin, al campamento de sangre, suplicando refugio. Su tía no había respondido a ninguna de las dos. Dudaba que una tercera misiva la hiciera cambiar de opinión.

			—Rotundamente no —dijo madame Labelle—. No podéis abandonar el campamento. Lo he prohibido. Además, se avecina una tormenta.

			Lo he prohibido. Esas palabras me exasperaron. Nadie me había prohibido hacer nada desde que tenía tres años.

			—Permitidme que os recuerde, —continuó con la cabeza alta y un tono insufrible—, que el bosque todavía está lleno de cazadores, y aunque no las hemos visto, las brujas no pueden estar muy lejos. Eso sin mencionar a la guardia del rey. Se ha corrido la voz sobre la muerte de Florin en Modraniht —Reid y yo nos pusimos tensos en brazos del otro—, y las recompensas son más cuantiosas. Hasta los campesinos conocen vuestro rostro. No abandonaréis el campamento hasta que hayamos ideado algún tipo de estrategia ofensiva.

			No me pasó desapercibido el sutil énfasis que puso en vuestro, o la forma en que nos miró a Reid y a mí. Nosotros éramos los que teníamos prohibido dejar el campamento. Nosotros éramos los que aparecíamos en carteles por todo Saint-Loire. Y a esas alturas, probablemente también en cualquier otro pueblo del reino. Coco y Ansel habían robado un par de carteles de «Se busca» después de ir a Saint-Loire a por provisiones. Uno mostraba el atractivo rostro de Reid, con el pelo teñido de rojo con rubia roja, y el otro mostraba el mío.

			El dibujante me había puesto una verruga en la barbilla.

			Fruncí el ceño al recordarlo mientras le daba la vuelta a la barra de pan de pino y dejaba al descubierto la corteza quemada y ennegrecida de la parte inferior. Todos la contemplamos con fijeza un momento.

			—Tienes razón, Reid. Tremendamente delicioso. —Beau sonrió ampliamente. Detrás de él, Coco apretó la mano y la sangre goteó de su palma y cayó sobre la misiva. Las gotas chisporrotearon y humearon al posarse, quemando el pergamino hasta que no quedó ni rastro. Transportándolo al lugar donde La Voisin y las Dames rouges estuvieran acampadas. Beau agitó el resto de sus cebollas directamente bajo mi nariz, queriendo que le prestara atención.

			—¿Estás segura de que no quieres una?

			Le di un manotazo para que se le cayeran.

			—Vete a la mierda.

			Tras darme un apretón en los hombros, Reid levantó el pan chamuscado de la piedra y cortó una rebanada con una precisión impecable.

			—No tienes que comértelo —dije hoscamente.

			Esbozó una sonrisa.

			—Bon appétit.

			Nos quedamos mirando, paralizados, cómo se metía el pan en la boca y se atragantaba.

			Beau estalló en carcajadas.

			Con los ojos llorosos, Reid se apresuró a tragar mientras Ansel le golpeaba en la espalda.

			—Está bueno —me aseguró, sin dejar de toser e intentando masticar—. De verdad. Sabe como a… como…

			—¿Carbón? —Beau se partió de risa al ver mi expresión, y Reid, de un rojo brillante porque todavía estaba atragantándose, levantó un pie para darle una patada en el culo. Literalmente. Beau perdió el equilibrio y cayó sobre el musgo y el liquen del suelo del bosque, con una huella de bota claramente visible en la parte trasera de sus pantalones de terciopelo.

			Escupió barro por la boca al tiempo que Reid conseguía tragarse por fin el pan.

			—Capullo.

			Antes de que pudiera dar otro mordisco, volví a tirar el pan al fuego.

			—Tu caballerosidad es notoria, esposo mío, y por tanto será recompensada.

			Me abrazó, y esta vez esbozó una sonrisa genuina. Y vergonzosamente aliviada.

			—Me lo habría comido.

			—Debería haberte dejado.

			—Y ahora todos vosotros pasaréis hambre —dijo Beau.

			Ignoré el traicionero gruñido de mi estómago y saqué la botella de vino que había escondido en el morral de Reid. No había tenido la ocasión de hacer las maletas para el viaje yo misma, por aquello de que Morgane me había secuestrado en los escalones de la Catedral Saint-Cécile d’Cesarine. Por suerte, el día anterior me había alejado un poco del campamento y había conseguido un puñado de objetos útiles de una vendedora ambulante que pasaba por allí. El vino había sido indispensable. Al igual que la ropa nueva. Aunque Coco y Reid habían improvisado un atuendo para que pudiera despojarme de mi sangriento vestido ceremonial, las prendas me quedaban sueltas, pues mi complexión, ya de por si delgada, había adoptado una apariencia esquelética tras mi estancia en el Chateau. Hasta aquel momento, me las había arreglado para mantener ocultos los frutos de mi pequeña excursión, tanto en el morral de Reid como bajo la capa que madame Labelle me había prestado, pero en algún momento tendría que retirarles la venda de los ojos.

			No había mejor momento que el presente.

			Reid reparó en la botella de vino, y su sonrisa se desvaneció.

			—¿Qué es eso?

			—Un regalo, por supuesto. ¿No sabes qué día es hoy? —Decidida a salvar la noche, coloqué la botella en las manos desprevenidas de Ansel. Cerró los dedos alrededor del cuello, y sonrió, ruborizándose de nuevo. Una sensación cálida me inundó el corazón.

			—Bon anniversaire, mon petit chou!

			—No es mi cumpleaños hasta el mes que viene —dijo con timidez, pero de todas formas sostuvo la botella contra el pecho. El fuego arrojó una luz parpadeante sobre su expresión sosegada de alegría—. Nunca nadie… —Se aclaró la garganta y tragó con fuerza—. Nunca antes me habían hecho un regalo.

			La felicidad de mi pecho se atenuó ligeramente.

			De niña, mis cumpleaños se celebraban como si fueran días festivos. Muchas brujas de todo el reino viajaban a Chateau le Blanc para celebrarlo, y juntas, bailábamos bajo la luz de la luna hasta que nos dolían los pies. La magia cubría el templo con su afilado aroma, y mi madre me colmaba de regalos extravagantes: una diadema de diamantes y perlas un año, un ramo de orquídeas fantasmas eternas al siguiente. Una vez separó las aguas de L’Eau Mélancolique para que yo caminara por el lecho marino, y las melusinas apoyaron sus hermosos y espeluznantes rostros contra las paredes de agua para observarnos, ahuecándose el brillante cabello y haciendo destellar sus colas plateadas.

			Ya entonces sabía que mis hermanas celebraban más mi muerte que mi vida, pero luego me preguntaría —en mis momentos de debilidad— si lo mismo había sucedido con mi madre.

			«Tú y yo somos personajes trágicos», había murmurado en mi quinto cumpleaños, antes de darme un beso en la frente. Aunque no podía recordar los detalles con claridad (tan solo las sombras de mi dormitorio, el frío aire nocturno sobre mi piel, el aceite de eucalipto en mi pelo), pensé que una lágrima había rodado por su mejilla. En esos momentos de más debilidad, había sabido que Morgane no celebraba mis cumpleaños en absoluto.

			Los lloraba.

			—Creo que la respuesta adecuada es gracias. —Coco se acercó a examinar la botella de vino, colocándose los rizos negros por encima del hombro. El rubor de Ansel se hizo más intenso. Con una sonrisa, ella deslizó un dedo de forma sugerente por la curva de la botella, apoyando sus propias curvas contra el delgado cuerpo de él—. ¿De qué cosecha es?

			Beau puso los ojos en blanco ante su numerito, que resultaba más que obvio, y se inclinó para recuperar sus cebollas. Ella lo miró por el rabillo de sus ojos oscuros. No se habían dirigido una sola palabra cortés en días. Al principio había sido entretenido, ver cómo Coco le bajaba los humos al príncipe con sus ocurrencias, pero en los últimos días había involucrado a Ansel en el enfrentamiento. Tendría que hablar con ella del asunto. Dirigí la mirada a Ansel, que aún sonreía de oreja a oreja mientras miraba el vino.

			Al día siguiente. Hablaría con ella al día siguiente.

			Coco colocó los dedos sobre los de Ansel y levantó la botella para estudiar la deteriorada etiqueta. La luz del fuego iluminó las innumerables cicatrices de su piel tostada.

			—Boisaîné —leyó despacio, esforzándose por distinguir las letras. Frotó un poco la suciedad con el dobladillo de su capa—. Elderwood. —Me miró—. Nunca he oído hablar de ese lugar. Aunque parece antiguo. Debe de haber costado una fortuna.

			—Mucho menos de lo que crees, en realidad. —Sonriendo de nuevo ante la expresión suspicaz de Reid, le quité la botella con un guiño. Un imponente roble florecido adornaba su etiqueta, y a su lado, un hombre monstruoso con cuernos y pezuñas llevaba una corona de ramas. Sus ojos estaban pintados en un tono amarillo fluorescente, y sus pupilas eran como las de un gato.

			—Tiene un aspecto aterrador —comentó Ansel, inclinándose sobre mi hombro para ver más de cerca la etiqueta.

			—Es el Hombre Salvaje. —La nostalgia se apoderó de mí de forma inesperada—. El ser de los bosques, el rey de toda la flora y la fauna. Morgane solía contarme historias sobre él cuando yo era pequeña.

			El efecto del nombre de mi madre fue instantáneo. Beau dejó de fruncir el ceño de inmediato. Ansel dejó de sonrojarse, y Coco dejó de sonreír. Reid escudriñó las sombras a nuestro alrededor y echó una mano al Balisarda que llevaba en la bandolera. Incluso las llamas del fuego se evaporaron, como si la misma Morgane hubiera soplado con su aliento frío a través de los árboles para extinguirlas.

			Mi sonrisa permaneció impertérrita.

			No habíamos oído una palabra de Morgane desde Modraniht. Habían pasado días, pero no habíamos atisbado ni una sola bruja. Para ser justos, no habíamos visto mucho más que aquella jaula de raíces. Sin embargo, en realidad no podía quejarme del Hueco. De hecho, a pesar de la falta de privacidad y el gobierno autocrático de madame Labelle, casi me sentí aliviada al no haber recibido noticias de La Voisin. Se nos había concedido un indulto. Y allí teníamos todo lo que necesitábamos, de todos modos. La magia de madame Labelle nos mantenía a salvo, calentándonos, ocultándonos de los ojos de los espías, y Coco había encontrado cerca de allí un arroyo que fluía desde las montañas. La corriente evitaba que el agua se congelara, y seguro que Ansel pescaría un pez el día menos pensado. En ese momento, era como si viviéramos en un tiempo y espacio separados del resto del mundo. Morgane y sus Dames blanches, Jean Luc y sus chasseurs, incluso el rey Auguste, habían dejado de existir. Nadie podía hacernos nada. Era… extrañamente pacífico.

			Como la calma antes de una tormenta.

			Madame Labelle se hizo eco de mi miedo no expresado.

			—Sabes que no podemos escondernos para siempre —dijo, repitiendo la cantinela de siempre. Coco y yo intercambiamos una mirada de agravio cuando se unió a nosotros y confiscó el vino. Si oía otra de sus advertencias, pondría la botella cabeza abajo y la ahogaría con su contenido—. Tu madre te encontrará. Nosotros solos no podemos protegerte. Sin embargo, si reuniéramos aliados, y otros se unieran a nuestra causa, tal vez podríamos…

			—El silencio de las brujas de sangre no podría ser más ensordecedor. —Le quité la botellas de las manos y me peleé con el corcho—. No se arriesgarán a desatar la ira de Morgane por unirse a nuestra causa. Sea cual sea nuestra causa.

			—No seas terca. Si Josephine se niega a ayudarnos, hay otras personas poderosas a las que podemos…

			—Necesito más tiempo —interrumpí en voz alta, haciendo caso omiso y gesticulando hacia mi garganta. Aunque la magia de Reid había cerrado la herida, salvándome la vida, quedaba una gruesa costra. Todavía me dolía a rabiar. Pero esa no era la razón por la que quería quedarme allí—. Apenas te has recuperado, Helene. Planearemos una estrategia mañana.

			—Mañana. —Entornó los ojos al oír aquella promesa vacía. Llevaba días diciendo lo mismo. Esa vez, sin embargo, incluso yo me daba cuenta de que las palabras que sonaban diferentes, verdaderas. Madame Labelle no aceptaría demorarlo más.

			Como para confirmar mis pensamientos, dijo:

			—Mañana hablaremos, tanto si La Voisin responde a nuestra llamada como si no. ¿De acuerdo?

			Hundí mi cuchillo en el corcho de la botella y lo hice girar con brusquedad. Todos se estremecieron. Volviendo a sonreír, bajé la barbilla en el más breve de los asentimientos.

			—¿Quién tiene sed? —Le tiré el corcho a la nariz a Reid, y él lo apartó exasperado—. ¿Ansel?

			Este abrió los ojos de par en par.

			—Ah, yo no…

			—Tal vez deberíamos agenciarnos un pezón. —Beau le arrebató la botella de debajo de la nariz a Ansel y pegó un buen trago—. Puede que así le parezca más apetecible.

			Me atraganté de risa.

			—Basta, Beau…

			—Tienes razón. No tendría ni idea de qué hacer con un pecho.

			—¿Has bebido antes, Ansel? —preguntó Coco con curiosidad.

			Con la expresión ensombrecida, Ansel le arrebató el vino a Beau y bebió un largo trago. En vez de beber a borbotones, fue como si desencajara la mandíbula y se tragara la mitad de la botella. Cuando terminó, se limpió la boca con el dorso de la mano y le pasó la botella a Coco. Sus mejillas aún estaban rosadas.

			—Se deja beber muy bien.

			No sabía qué era más gracioso: las expresiones patidifusas de Coco y Beau o la expresión petulante de Ansel. Aplaudí con alegría.

			—Bien hecho, Ansel. Cuando me dijiste que te gustaba el vino, no sabía que te referías a que podías beber como un cosaco.

			Se encogió de hombros y miró hacia otro lado.

			—He vivido en Saint-Cécile durante años. Es un gusto adquirido. —Volvió la vista a la botella que Coco tenía en las manos—. Pero este sabe mucho mejor que cualquier brebaje del santuario. ¿Dónde lo has conseguido?

			—Sí —dijo Reid. A pesar del ambiente festivo, su voz no sonaba demasiado alegre—. ¿De dónde lo has sacado? Está claro que Coco y Ansel no lo trajeron con el resto de las provisiones.

			Ambos tuvieron la decencia de parecer pesarosos.

			—Ah. —Le dediqué una mirada seductora mientras Beau ofrecía la botella a madame Labelle, que negó con la cabeza bruscamente. Esperó mi respuesta con los labios fruncidos—. No me hagas preguntas, mon amour, y no te diré ninguna mentira.

			Cuando Reid apretó la mandíbula, intentando, a todas luces, no perder los estribos, me preparé para el interrogatorio. Aunque ya no usaba su uniforme azul, no podía evitarlo. La ley era la ley. No importaba de qué lado estuviera. Bendito fuera.

			—Dime que no lo has robado —me pidió—. Dime que lo encontraste en un agujero en alguna parte.

			—De acuerdo. No lo he robado. Lo encontré en un agujero en alguna parte.

			Se cruzó de brazos, y me dirigió una mirada severa.

			—Lou.

			—¿Qué? —pregunté en tono inocente. En un gesto de ayuda, Coco me ofreció la botella, y yo tomé un largo trago, admirando su bíceps, su mandíbula cuadrada, su boca carnosa y su pelo cobrizo con un aprecio desvergonzado. Le di una palmadita en la mejilla.

			—No has pedido la verdad.

			Me atrapó la mano.

			—Ahora sí.

			Lo miré fijamente, el impulso de mentir trepaba de forma arrolladora por mi garganta. Pero… no. Fruncí el ceño, y analicé aquel instinto básico. Confundió mi silencio con una negativa y se acercó para convencerme de que respondiera.

			—¿Lo robaste, Lou? La verdad, por favor.

			—Bueno, eso ha sido de lo más condescendiente por tu parte. ¿Lo intentamos de nuevo?

			Con un suspiro exasperado, giró la cabeza para besarme los dedos.

			—Eres imposible.

			—Soy poco práctica e improbable, pero nunca imposible. —Me puse de puntillas y presioné mis labios contra los suyos. Sacudiendo la cabeza y riéndose a pesar de sí mismo, se inclinó para abrazarme y hacer más profundo el beso. Un delicioso calor me invadió, y tuve que contenerme para no tirarlo al suelo y llevarlo por el camino de la perversión.

			—Dios mío —dijo Beau, con la voz teñida de asco—. Parece que le esté comiendo la cara.

			Pero madame Labelle no le prestó atención. Sus ojos, tan familiares y azules, relampagueaban de ira.

			—Responde a la pregunta, Louise. —Me puse rígida ante su tono cortante. Para mi sorpresa, Reid también se tensó. Se giró lentamente para mirarla—. ¿Saliste del campamento?

			Por el bien de Reid, mantuve mi propio tono de voz agradable.

			—No he robado nada. Al menos —me encogí de hombros, obligándome a mantener una sonrisa relajada—, no he robado el vino. Se lo he comprado a una vendedora ambulante que ha pasado cerca de aquí esta mañana con algunas couronnes de Reid.

			—¿Le has robado a mi hijo?

			Reid extendió una mano en actitud tranquilizadora.

			—Tranquila. No me ha robado na…

			—Es mi marido. —Me dolía la mandíbula de sonreír de un modo tan forzado, y levanté la mano izquierda para enfatizarlo. Su propia piedra nacarada aún brillaba en mi dedo anular—. Lo que es mío es suyo, y lo que es suyo es mío. ¿No forma eso parte de los votos que hicimos?

			—Sí, así es. —Reid asintió rápidamente, lanzándome una mirada tranquilizadora, antes de mirar a madame Labelle—. Puede disponer de cualquier cosa que yo posea.

			—Por supuesto, hijo. —Ella esbozó también una sonrisa tensa—. Aunque me siento obligada a señalar que vosotros dos nunca habéis estado legalmente casados. Louise usó un nombre falso en la licencia de matrimonio, por lo que el contrato queda anulado. Por supuesto, si aun así decides compartir tus posesiones con ella, eres libre de hacerlo, pero no te sientas obligado de ninguna manera. Especialmente si ella insiste en poner en peligro tu vida, todas nuestras vidas, con su comportamiento impulsivo y temerario.

			Mi sonrisa acabó por esfumarse.

			—La capucha de tu capa me ocultaba la cara. La mujer no me ha reconocido.

			—¿Y si lo ha hecho? ¿Y si los chasseurs o las Dames blanches nos emboscan esta noche? ¿Entonces qué? —Cuando no hice ningún movimiento para responderle, suspiró y continuó en voz baja—: Entiendo tu reticencia a enfrentarte a esto, Louise, pero cerrar los ojos no hará que los monstruos no te vean. Solo te dejará ciega. —A continuación, dijo en un tono más suave aún—: Ya te has escondido suficiente.

			De repente, incapaz de mirar a nadie, dejé caer los brazos del cuello de Reid. Estos añoraron de inmediato su calor. Aunque se acercó como para atraerme hacia él, en vez de eso tomé otro trago de vino.

			—Está bien —dije al final, obligándome a enfrentarme a su mirada de piedra—. No debería haber dejado el campamento, pero no podía pedirle a Ansel que se comprara un regalo de cumpleaños él mismo. Los cumpleaños son sagrados. Idearemos una estrategia mañana.

			—De verdad —dijo Ansel con seriedad—, no es mi cumpleaños hasta el mes que viene. Esto no es necesario.

			—Es necesario. Puede que no estemos aquí… —Me detuve un momento, mordiéndome la lengua, pero era demasiado tarde. Aunque no había pronunciado las palabras en voz alta, resonaron en el campamento de todos modos. Puede que no estemos aquí el mes que viene. Le devolví el vino y lo intenté de nuevo—. Déjanos celebrarlo, Ansel. No todos los días cumples diecisiete años.

			Dirigió la mirada a madame Labelle como si pidiera permiso.

			Ella asintió con rigidez.

			—Mañana, Louise.

			—Por supuesto. —Acepté la mano de Reid, permitiéndole que me acercara a él mientras fingía otra horrible sonrisa—. Mañana.

			Reid me besó otra vez, más fuerte, esta vez, como si tuviera algo que demostrar. O algo que perder.

			—Esta noche, estamos de celebración.

			El viento se levantó cuando el sol se sumergió tras los árboles, y las nubes continuaron haciéndose más densas.





		 			Capítulo 2

Momentos robados



			Reid

			Lou durmió como un tronco. Con la mejilla pegada a mi pecho y su melena extendida sobre mi hombro, respiraba profundamente. Rítmicamente. Era una paz que rara vez alcanzaba estando despierta. Le acaricié la espalda. Saboreé su calor. Impelí a mi mente a permanecer en blanco, a mis ojos a continuar abiertos. Ni siquiera parpadeaba. Solo miraba fijamente al infinito, mientras los árboles se mecían sobre mi cabeza. Sin ver nada. Sin sentir nada. Entumecido.

			El sueño me había evadido desde Modraniht. Y cuando no lo hacía, deseaba que lo hubiera hecho.

			Mis sueños se habían convertido en algo oscuro y perturbador.

			Una pequeña sombra se separó de los pinos y se sentó a mi lado, meneando la cola. Lou lo había bautizado como Absalón. En una ocasión, yo había creído que era un simple gato negro. Ella me había corregido rápidamente. No era un gato en absoluto, sino un matagot. Un espíritu inquieto, incapaz de cruzar al más allá, que tomaba la forma de un animal.

			—Se sienten atraídos por criaturas similares —me había informado Lou, frunciendo el ceño—. Almas atormentadas. Alguien de aquí debe de haberle atraído.

			Su mirada penetrante había dejado claro quién creía que era ese alguien.

			—Vete. —Le di un codazo a la criatura antinatural—. Fuera.

			Me dirigió un parpadeo de sus siniestros ojos ambarinos. Cuando suspiré, cediendo, se acurrucó a mi lado y se durmió.

			Absalón. Le acaricié la espalda con un dedo, disgustado cuando empezó a ronronear. No estoy atormentado.

			Contemplé fijamente los árboles una vez más, sin convencer a nadie.

			Perdido en la parálisis de mis pensamientos, no me di cuenta cuando Lou comenzó a moverse unos momentos después. Su pelo me hacía cosquillas en la cara mientras se incorporaba sobre un codo y se inclinaba sobre mí. Su voz sonó baja. Suave a causa del sueño, dulce por el vino.

			—Estás despierto.

			—Sí.

			Escudriñó mi mirada, vacilante, preocupada, y la garganta se me contrajo inexplicablemente. Cuando abrió la boca para hablar, para preguntar, la interrumpí con las primeras palabras que me vinieron a la cabeza.

			—¿Qué le pasó a tu madre?

			Parpadeó.

			—¿Qué quieres decir?

			—¿Siempre fue tan…?

			Con un suspiro, apoyó la barbilla en mi pecho. Hizo girar el anillo de nácar que le rodeaba el dedo.

			—No. No lo sé. ¿Puede la gente nacer malvada? —Negué con la cabeza—. Yo tampoco lo creo. Creo que se perdió en algún lugar del camino. Es fácil que pase con la magia. —Cuando me puse tenso, se giró hacia mí—. No es lo que crees. La magia no es… Bueno, es como cualquier otra cosa. Si se abusa de algo bueno acaba convertido en algo malo. Puede ser adictivo. Mi madre, ella… A ella le encantaba el poder, supongo. —Dejó escapar una carcajada. Fue una risa amarga—. Y cuando todo es cuestión de vida o muerte para nosotras, lo que está en juego es mayor. Cuanto más ganamos, más perdemos.

			Cuanto más ganamos, más perdemos.

			—Ya veo —dije, pero no era verdad. Nada de aquello me atraía. ¿Por qué arriesgarse a hacer magia?

			Como si presintiera mi disgusto, se levantó de nuevo para contemplarme.

			—Es un regalo, Reid. Hay mucho más de lo que has visto. La magia es preciosa y salvaje y libre. Entiendo tu reticencia, pero no puedes esconderte de ella para siempre. Es parte de ti.

			No pude responder. Las palabras se me quedaron atascadas en la garganta.

			—¿Estás listo para hablar de lo que pasó? —preguntó ella con suavidad.

			Le rocé el pelo con los dedos y la frente con los labios.

			—Esta noche no.

			—Reid…

			—Mañana.

			Suspiró de nuevo, pero por fortuna no insistió. Después de rascarle la cabeza a Absalón, Lou se recostó y, juntos, contemplamos los fragmentos de cielo que se veían a través de los árboles. Volví a retraerme en mi mente, a su cuidadoso y vacío silencio. No era consciente de si pasaban meros momentos u horas.

			—¿Crees que…? —La suave voz de Lou me sorprendió y me devolvió al presente—. ¿Crees que se celebrará un funeral?

			—Sí.

			No pregunté a quién se refería. No era necesario. —¿Incluso con todo lo que pasó al final?

			Una bruja hermosa, disfrazada de damisela, pronto llevó al hombre hacia el Infierno. Me dolió el pecho al recordar la actuación de las Hermanas Olde. La narradora rubia. De trece años, catorce a lo sumo. El mismísimo diablo, disfrazado no de damisela, sino de doncella. Tenía un aspecto muy inocente cuando dictó nuestra sentencia. Casi angelical.

			Pronto, una visita por parte de la bruja que él había criticado llegó con la peor noticia… que había dado a luz a su hija.

			—Sí.

			—Pero… él era mi padre. —Al oírla tragar, me giré y le coloqué una mano en la nuca. La acerqué a mí mientras la emoción amenazaba con ahogarme. Luché con desesperación por recuperar la fortaleza que había construido, para retirarme a sus felices y totalmente huecas profundidades—. Se acostó con la Dame des Sorcières. Una bruja. Es imposible que el rey vaya a honrarlo.

			—Nadie podrá demostrar nada. El rey Auguste no condenará a un hombre muerto por la palabra de una bruja.

			Las palabras se me escaparon antes de que pudiera detenerlas. Un hombre muerto. Me aferré a Lou, y ella me agarró por la mejilla, no para obligarme a mirarla a la cara, sino simplemente para tocarme. Para anclarme. Me apoyé en su palma.

			Me miró fijamente durante un largo momento, y su caricia fue infinitamente gentil. Infinitamente paciente.

			—Reid.

			La palabra sonó pesada. Expectante.

			No podía mirarla. No podía enfrentarme a la devoción que se reflejaría en esos ojos familiares. Los ojos de él. Aunque no se diera cuenta, aunque no le importara, algún día me odiaría por lo que había hecho. Era su padre.

			Y yo lo había matado.

			—Mírame, Reid.

			El recuerdo acudió a mí de repente, sin invitación. Mi cuchillo incrustado en sus costillas. Su sangre corriendo por mi muñeca. Cálida, espesa y húmeda. Cuando me giré hacia ella, la mirada de esos ojos verdiazulados era firme. Resuelta.

			—Por favor —susurré. Para mi vergüenza, mi humillación, la voz se me quebró con aquellas palabras. El calor me inundó el rostro. Ni siquiera yo sabía lo que quería de ella. Por favor, no me lo pidas. Por favor, no me hagas decirlo. Y entonces, más fuerte que el resto, un agudo lamento se elevó bruscamente a través del dolor…

			Por favor, haz que desaparezca.

			Una oleada de emoción destelló en su expresión, casi demasiado rápida para que yo la viera. Entonces levantó el mentón. Un brillo taimado iluminó sus ojos. Y un segundo después se giró para sentarse a horcajadas sobre mí, antes de pasarme un único dedo por la boca. La suya se entreabrió, y su lengua se asomó para humedecerse el labio inferior.

			—Mon petit oiseau, pareces… frustrado estos últimos días. —Se inclinó hacia delante y me rozó la oreja con la nariz. Distrayéndome. Respondiendo a mi súplica tácita—. Ya sabes que podría ayudarte con eso.

			Absalón siseó indignado y se desmaterializó.

			Cuando empezó a tocarme, a moverse contra mí —con ligereza, de forma enloquecedora—, la sangre de mi cara se precipitó a una parte más baja de mi cuerpo, y cerré los ojos, tensando la mandíbula por la sensación. Por el calor. Le clavé los dedos en las caderas para que no se moviera de ahí.

			Detrás de nosotros, alguien suspiró con suavidad mientras dormía.

			—No podemos hacerlo aquí. —Mi tenso susurro resonó demasiado fuerte en el silencio. A pesar de mis palabras, ella sonrió y se acercó más, por todas partes, hasta que mis propias caderas se arquearon en respuesta, apretándola contra mí. Una vez. Dos veces. Tres veces. Despacio al principio, luego más rápido. Dejé caer la cabeza en el suelo frío, respirando con dificultad, con los ojos todavía cerrados. Un gemido sordo se me formó en la garganta.

			—Alguien podría vernos.

			Lou tiró de mi cinturón como respuesta. Abrí los ojos de par en par para mirar, y me incliné hacia su roce, deleitándome en él. En ella.

			—Que nos vean —dijo, cada respiración convertida en un jadeo. Se oyó otra tos—. No me importa.

			—Lou…

			—¿Quieres que pare?

			—No. —La aferré con más fuerza de las caderas, y me senté rápidamente, aplastando sus labios con los míos.

			Otra tos, más fuerte esta vez. Ni me di cuenta. Metiéndome la mano en los pantalones desabrochados, y deslizando su lengua caliente contra la mía, no podría haber parado aunque lo hubiera intentado. Es decir, hasta…

			—Para. —La palabra se me escapó de la garganta, y me tambaleé hacia atrás, levantándole las caderas en el aire, alejándolas de las mías. No quería llegar tan lejos, tan rápido, con tanta gente a nuestro alrededor. Cuando maldije, en tono bajo y violento, ella parpadeó confundida, y se agarró a mis hombros rápidamente para mantener el equilibrio. Tenía los labios hinchados. Las mejillas encendidas. Una vez más cerré los ojos (apretando, apretando, apretando), y pensé en todo menos en Lou. Carne podrida. Langostas carnívoras. Piel arrugada y flácida y la palabra «húmeda» o «requesón» o «flema». Flema que gotea, o, o…

			Mi madre.

			El recuerdo de nuestra primera noche allí resplandeció de forma cristalina.

			—En serio —me advierte madame Labelle, apartándome a un lado—, no podéis escabulliros para ningún encuentro secreto. El bosque es peligroso. Los árboles tienen ojos.

			La risa de Lou resuena, clara y alegre, mientras yo balbuceo, mortificado.

			—Sé que vosotros dos mantenéis relaciones carnales, no intentes negarlo —añade madame Labelle cuando me sonrojo—, pero vuestros impulsos corporales no importan, el peligro que acecha más allá del campamento es demasiado grande. Tengo que pediros que, de momento, os contengáis.

			Me alejo sin decir nada, la risa de Lou sigue resonando en mis oídos. Madame Labelle me sigue, sin inmutarse.

			—Es perfectamente natural tener tales impulsos. —Se apresura a seguirme el ritmo, rodeando a Beau. Él también tiembla de risa—. La verdad, Reid, esta inmadurez es muy desagradable. Estás siendo cuidadoso, ¿no es así? Quizás deberíamos tener una charla sincera sobre los anticonceptivos…

			Bien. Conseguido.

			La enorme presión se desvaneció, convirtiéndose en un dolor sordo.

			Exhalando fuerte, bajé con lentitud a Lou hasta mi regazo. Se oyó otra tos en la dirección de Beau. Más fuerte esta vez. Intencionada. Pero Lou perseveró. Deslizó la mano hacia abajo una vez más.

			—¿Va algo mal, esposo?

			Le sujeté la mano a la altura de mi ombligo y la fulminé con la mirada. Nariz contra nariz. Labios contra labios.

			—Descarada.

			—Te voy a enseñar lo que es una mujer descarada…

			Con un gemido agraviado, Beau se incorporó e interrumpió en voz alta:

			—¡Hola! ¡Sí, perdón! Como parece que se os ha pasado por alto, ¡hay más gente aquí! —Refunfuñando en tono más bajo, añadió—: Aunque está claro que esas otras personas pronto se marchitarán y morirán de abstinencia.

			La sonrisa de Lou se volvió taimada. Levantó la mirada hacia el cielo, de un espeluznante gris antes del amanecer, y a continuación me rodeó el cuello con los brazos.

			—Casi ha amanecido —me susurró al oído. Se me erizó el vello de la nuca—. ¿Nos acercamos al arroyo y… nos bañamos?

			A regañadientes, eché un vistazo a madame Labelle. Nuestro escarceo no la había despertado, ni el arrebato de Beau. Incluso dormida, exudaba una gracia real. Una reina disfrazada de madame, presidiendo no un reino, sino un burdel. ¿Habría sido diferente su vida si hubiera conocido a mi padre antes de que se casara? ¿Lo habría sido la mía? Miré hacia otro lado, asqueado de mí mismo.

			—Madame Labelle nos prohibió salir del campamento.

			Lou me chupó suavemente el lóbulo de la oreja y me provocó un estremecimiento.

			—No se disgustará si no se entera. Además… —Tocó con un dedo la sangre seca de detrás de mi oreja, la de mi muñeca, igual que las marcas de mis codos, mis rodillas, mi garganta. Las mismas marcas que todos llevábamos desde Modraniht. Una precaución—. La sangre de Coco nos esconderá.

			—El agua se la llevará.

			—Sabes que yo también tengo magia, y tú también. Podemos protegernos si es necesario.

			Y tú también.

			Aunque traté de reprimirla, ella advirtió mi vacilación. Entrecerró los ojos.

			—Tendrás que aprender a usarla en algún momento. Prométeme que lo harás.

			Esbocé una sonrisa forzada y le di un apretón suave.

			—No hay problema.

			Sin estar convencida del todo, bajó de mi regazo y abrió un saco de dormir.

			—Genial. Ya has oído a tu madre. Mañana, todo esto acabará.

			Un sentimiento que no presagiaba nada bueno me inundó al oír sus palabras, al ver su expresión. Aunque yo sabía que no podíamos quedarnos allí indefinidamente, que no podíamos esperar sin más a que Morgane o los chasseurs nos encontraran, no teníamos ningún plan. Ni aliados. Y a pesar de la confianza de mi madre, no creía que fuéramos a encontrar alguno. ¿Por qué iba alguien a unirse a nosotros en una lucha contra Morgane? Los planes de ella eran los mismos que de ellos, la muerte de todos los que los habían perseguido.

			Con un profundo suspiro, Lou se dio la vuelta y se acurrucó sobre sí misma. Su cabello se desplegó a su espalda en un sendero castaño y dorado. Deslicé los dedos a través de él, intentando calmarla. Para atenuar la repentina tensión de sus hombros, la desesperanza de su voz. Una Lou desesperada era antinatural, como un Ansel materialista o una Cosette fea.

			—Ojalá… —susurró—. Ojalá pudiéramos vivir aquí para siempre. Pero cuanto más tiempo nos quedamos, más parece que estamos robando momentos de felicidad. Como si esos momentos no fueran nuestros en absoluto. —Apretó los puños a sus costados—. Ella acabará por arrebatárnoslos. Incluso si tiene que arrancárnoslos del corazón.

			Dejé de mover los dedos por su pelo. Respirando de forma pausada, tragándome la furia que me invadía cada vez que pensaba en Morgane, y coloqué una mano en la barbilla de Lou y la obligué a mirarme. Para que sintiera mis palabras. Mi promesa.

			—No debes temerla. No dejaremos que te pase nada.

			Se rio con desprecio hacia sí misma.

			—No le temo. Yo… —De repente, apartó la barbilla de mi mano—. No importa. Es patético.

			—Lou. —Le masajeé el cuello, para que se relajara—. Puedes decírmelo.

			—Reid. —Imitó mi tono suave y me dedicó una dulce sonrisa por encima del hombro. Se la devolví, asintiendo con la cabeza para animarla. Aún sonriendo, me dio un fuerte codazo en las costillas—. Vete a la mierda.

			Endurecí el tono de voz.

			—Lou…

			—Déjalo estar —dijo ella—. No quiero hablar de ello. —Nos miramos el uno al otro un largo momento; yo me froté la costilla magullada con rebeldía, antes de que ella se desinflara visiblemente—. Mira, olvida lo que he dicho. No es importante ahora mismo. Los otros se levantarán pronto, y podremos empezar a idear un plan. Estoy bien. De verdad.

			Pero no estaba bien. Y yo tampoco. Dios. Solo quería abrazarla.

			Me restregué una mano inquieta por la cara antes de mirar a madame Labelle. Seguía dormida. Incluso Beau había vuelto a su saco de dormir, olvidándose del mundo una vez más. Perfecto. Antes de que pudiera cambiar de opinión, tomé a Lou en brazos. El arroyo no estaba lejos. Podíamos ir y volver antes de que alguien se diera cuenta de que nos habíamos ido.

			—Todavía no es mañana.





		 			Capítulo 3

Señal de alarma



			Reid

			Lou flotaba sobre el agua con perezosa satisfacción. Tenía los ojos cerrados. Los brazos abiertos. Su melena se agitaba densa y pesada a su alrededor. Los copos de nieve caían con suavidad. Se arremolinaban en sus pestañas, en sus mejillas. Aunque nunca había visto una melusina (solo había leído sobre ellas en las antiguas tumbas de Saint-Cécile), imaginé que se parecían a ella en ese momento. Hermosas. Etéreas.

			Desnudas.

			Nos habíamos despojado de nuestra ropa en las heladas orillas del arroyo. Absalón se había materializado poco después y se había acurrucado entre nuestras prendas. No sabíamos a dónde iba cuando perdía su forma corporal. A Lou le importaba más que a mí.

			—La magia tiene sus ventajas, ¿no? —murmuró, arrastrando distraídamente un dedo por el agua. El vapor formó espirales ante su contacto—. Ahora mismo deberíamos tener las partes nobles congeladas. —Sonrió y abrió un ojo—. ¿Quieres que te lo enseñe?

			Arqueé una ceja.

			—Desde aquí lo veo estupendamente.

			Ella sonrió.

			—Cerdo. Me refería a la magia. —Cuando no dije nada, se inclinó hacia delante y avanzó por el agua. No podía tocar el fondo del arroyo, aunque yo sí podía. El agua me lamió la garganta—. ¿Quieres aprender a calentar el agua? —preguntó.

			Esta vez, estaba preparado para ello. No me acobardé. No dudé. Sin embargo, tragué con fuerza.

			—Por supuesto.

			Me estudió con los ojos entrecerrados.

			—No se te ve muy entusiasmado precisamente, Chass.

			—Fallo mío. —Me hundí más en el agua, nadando hacia ella lentamente. Como un lobo—. Oh, radiante mujer, te ruego que me muestres tu gran destreza mágica. No puedo esperar ni un momento más para presenciarla, o seguramente moriré. ¿Será suficiente con eso?

			—Así está mejor —resopló, levantando la barbilla—. Veamos, ¿qué sabes sobre la magia?

			—Lo mismo que el mes pasado. —¿Había pasado solo un mes desde la última vez que me había hecho esa pregunta? Parecía toda una vida. Ahora todo era diferente. Parte de mí deseaba que no lo fuera—. Nada.

			—Tonterías. —Abrió los brazos cuando fui hacia ella, y me los puse alrededor del cuello. Me envolvió la cintura con las piernas. La posición debería haber sido sexual, pero no lo fue. Era solo… íntima. Así de cerca, podía contar cada una de las pecas de su nariz. Podía ver las gotas de agua que se aferraban a sus pestañas. Me costó horrores no volver a besarla—. Sabes más de lo que crees. Has estado con tu madre, Coco y conmigo durante casi quince días, y en Modraniht, tú… —Se detuvo de golpe, y luego fingió un fuerte ataque de tos. Se me cayó el alma a los pies. Y en Modraniht, mataste al arzobispo con magia. Se aclaró la garganta—. Yo… Yo solo sé que has estado prestando atención. Tu mente es una trampa de acero.

			—Una trampa de acero —repetí, retirándome a esa fortaleza una vez más.

			No sabía cuánta razón tenía.

			Me llevó varios segundos darme cuenta de que estaba esperando mi respuesta. Aparté la mirada, incapaz de contemplar esos ojos. En aquel momento estaban azules. Casi grises. Tan familiares. Tan… traicionados.

			Como si me leyeran el pensamiento, los árboles crujieron a nuestro alrededor y, en el viento, juraría que escuché su voz en un susurro…

			Eras como un hijo para mí, Reid.

			Se me puso la piel de gallina por todo el cuerpo.

			—¿Has oído eso? —Me di la vuelta y acerqué más a Lou. Ella no tenía la carne de gallina—. ¿Lo has oído?

			Dejó de hablar a mitad de frase. Todo su cuerpo se tensó y miró a su alrededor con los ojos abiertos de par en par.

			—¿A quién?

			—Me ha parecido oír… —Negué con la cabeza. No podía ser. El arzobispo estaba muerto. Un producto de mi imaginación había cobrado vida para atormentarme. Al cabo de un instante, los árboles se quedaron decididamente quietos, y la brisa, si es que la había habido, guardó silencio—. Nada. —Negué con más fuerza, repitiendo la palabra como si eso fuera a hacerla realidad—. No ha sido nada.

			Y sin embargo… en el cortante aire con aroma a pino… una presencia se hizo visible. Una conciencia. Nos miraba.

			Estás siendo ridículo, me regañé a mí mismo. No solté a Lou.

			—Los árboles de este bosque tienen ojos —susurró, repitiendo las palabras anteriores de madame Labelle. Todavía miraba a su alrededor con recelo—. Pueden… ver cosas, dentro de tu cabeza, y retorcerlas. Convertir los miedos en monstruos. —Se estremeció—. Cuando hui la primera vez, la noche de mi decimosexto cumpleaños, pensé que me estaba volviendo loca. Las cosas que vi…

			Su voz se fue apagando, y su mirada me dejó saber que se había encerrado en sí misma.

			Apenas me atreví a respirar. Nunca me había contado aquello antes. Nunca me había dicho nada sobre su pasado antes de Cesarine. Pese a su piel desnuda, usaba los secretos como armadura, y no se deshacía de ellos por nadie. Ni siquiera por mí. Sobre todo por mí. El resto del entorno desapareció —el agua, los árboles, el viento—, y solo quedó el rostro de Lou, su voz, mientras se perdía en sus recuerdos.

			—¿Qué viste? —pregunté en voz baja.

			Ella dudó.

			—A tus hermanos y hermanas.

			Una respiración entrecortada.

			La mía.

			—Fue horrible —continuó después de un momento—. Estaba ciega de pánico, sangraba por todas partes. Mi madre me acechaba. Oía su voz a través de los árboles, en una ocasión me había dicho entre risas que eran sus espías, pero yo no sabía lo que era real y lo que no. Solo sabía que tenía que escapar. Entonces empezaron los gritos. Eran escalofriantes. Una mano salió disparada del suelo y me agarró del tobillo. Me caí, y un… un cadáver se me subió encima. —Una oleada de náuseas me invadió ante aquellas imágenes, pero no me atreví a interrumpir—. Tenía el pelo dorado, y su garganta… Se parecía a la mía. Me arañó, me rogó que lo ayudara, excepto que su voz sonaba extraña, por supuesto, debido a la… —se llevó la mano a su cicatriz— la sangre. Me las arreglé para alejarme de él, pero había otros. Muchos otros. —Retiró las manos de mi cuello para dejarlas flotar entre nosotros—. Te ahorraré los detalles sangrientos. Nada de aquello fue real, de todos modos.

			Le miré las palmas de las manos, que reposaban hacia arriba en el agua.

			—Has dicho que los árboles son espías de Morgane.

			—Eso es lo que ella afirmó. —Levantó una mano en un movimiento distraído—. Pero no me preocupa. Madame Labelle nos esconde dentro del campamento, y Coco…

			—Pero aun así nos han visto hace un momento. Los árboles. —Le agarré la muñeca y examiné la mancha de sangre. El agua ya la había desvanecido en algunos lugares. Eché un vistazo a mis propias muñecas—. Tenemos que irnos. Ya.

			Lou se fijó en mi piel limpia con horror.

			—Mierda. Te he dicho que tuvieras cuidado.

			—Lo creas o no, tenía otras cosas en la cabeza —le dije, arrastrándola hacia la orilla. Estúpidos. Habíamos sido muy estúpidos. Demasiado distraídos, demasiado perdidos el uno en el otro —en el hoy— para darnos cuenta del peligro. Ella se retorció mientras trataba de liberarse—. ¡Basta! —Intenté que dejara de sacudirse—. Mantén las muñecas y la garganta por encima del agua, o ambos…

			Se quedó quieta en mis brazos.

			—Gracias…

			—Cállate —siseó, mirando fijamente por encima de mi hombro. Yo apenas me había girado, apenas había vislumbrado unos retazos de abrigos azules a través de los árboles, antes de que me metiera la cabeza bajo el agua.



			El fondo del arroyo estaba oscuro. Demasiado oscuro para ver algo que no fuera el rostro de Lou, apagado y pálido bajo el agua. Me agarró de los hombros con un apretón de los que causan moretones, cortándome la circulación. Cuando me encogí, incómodo, se agarró con más fuerza, negando con la cabeza. Todavía miraba por encima de mi hombro, con los ojos abiertos y vacíos. En combinación con su piel pálida y su pelo flotante, el efecto resultaba… espeluznante.

			La sacudí ligeramente. Seguía sin enfocar la mirada.

			La sacudí de nuevo. Ella frunció el ceño, y hundió las manos más profundamente en mi piel.

			Si hubiera podido, habría exhalado un suspiro de alivio. Pero no podía.

			Mis pulmones aullaban.

			No me había dado tiempo a tomar una bocanada de aire antes de que me empujara hacia abajo, no había tenido la posibilidad de prepararme contra el repentino y penetrante frío. Unos dedos helados se deslizaron por mi piel, aturdiéndome. Arrebatándome los sentidos. La magia que Lou había llevado a cabo para calentar el agua, fuera la que fuera, se había desvanecido. Un debilitante entumecimiento me recorrió los dedos de las manos. Los dedos de los pies. El pánico se apoderó rápidamente de ellos.

			Y entonces, igual de repentinamente, dejé de ver. El mundo se volvió negro.

			Forcejeé con Lou, y dejé escapar el poco aliento que me quedaba, pero ella se aferró a mí, me rodeó el torso con las extremidades y apretó, anclándonos al fondo del arroyo. Las burbujas explotaron a nuestro alrededor mientras yo luchaba. Me sostenía con una fuerza antinatural, frotando su mejilla contra la mía como si quisiera calmarme. Para consolarme.

			Pero nos estaba ahogando a los dos, y yo tenía el pecho demasiado tenso, se me cerraba la garganta. No había calma. No había comodidad. Notaba los miembros más pesados con cada segundo que transcurría. En un último y desesperado intento, me impulsé hacia arriba tras patear el suelo con todas mis fuerzas. Al tirar del cuerpo de Lou, el cieno se solidificó alrededor de mis pies. Atrapándome.

			Luego me dio un puñetazo en la boca.

			Me balanceé hacia atrás, desconcertado, mientras mis pensamientos se desvanecían, preparado para que el agua entrara, para que me inundara los pulmones y acabara con aquella agonía. Tal vez ahogarse fuera pacífico. Nunca lo había pensado. Cuando imaginaba mi propia muerte, era ante la punta de una espada. O sucumbiendo ante una bruja. Finales violentos y dolorosos. Ahogarse sería mejor. Más fácil.

			En el momento crítico, mi cuerpo inhaló de forma involuntaria. Cerré los ojos, que ya no veían. Envolví a Lou con los brazos, enterré la nariz en su cuello. Por lo menos Morgane no nos capturaría. Por lo menos no tendría que vivir sin ella. Pequeñas victorias. Victorias importantes.

			Pero el agua no llegó a entrar. En vez de eso, un aire imposiblemente fresco me inundó la boca, y con él, llegó el más dulce alivio. Aunque todavía era incapaz de ver, aunque el frío seguía debilitándome, podía respirar. Podía pensar. La coherencia volvió a mí en una oleada desconcertante. Volví a respirar hondo una vez. Luego otra, y otra. Aquello… Aquello era imposible. Estaba respirando bajo el agua. Como el pez de Jonás. Como las melusinas. Como…

			Como si fuera magia.

			Una punzada de decepción me atravesó el pecho. Inexplicable y rápida. A pesar del agua que me rodeaba, me sentí… sucio, de alguna manera. Inmundo. Había odiado la magia toda mi vida, y ahora era lo único que me salvaba de aquellos a los que una vez había llamado hermanos. ¿Cómo había llegado a aquel punto?

			Las voces estallaron a nuestro alrededor, interrumpiendo mis pensamientos. Voces claras. Como si estuviéramos junto a sus dueños en la orilla, y no anclados bajo metros de agua. Más magia.

			—Dios, necesito mear.

			—¡En el arroyo no, idiota! ¡Ve río abajo!

			—Date prisa. —Una tercera voz, esta impaciente—. El capitán Toussaint nos espera dentro de poco en la aldea. Una última batida, y saldremos al amanecer.

			—Gracias a Dios que está ansioso por volver con su chica. —Uno de ellos se frotó las palmas de las manos debido al frío. Fruncí el ceño. ¿Su chica?—. No fingiré que lamento marcharme de este miserable lugar. Llevamos días patrullando sin que hayamos conseguido otra cosa que congelarnos y…

			Una cuarta voz.

			—¿Eso es… ropa?

			Esta vez Lou me hizo sangre con las uñas. Apenas lo noté. El latido de mi corazón me rugía en los oídos. Si examinaban la ropa, si levantaban mi abrigo y mi camisa, encontrarían mi bandolera.

			Encontrarían mi Balisarda.

			Las voces se hicieron más fuertes a medida que los hombres se acercaban.

			—Parece que hay dos montones.

			Una pausa.

			—Bueno, no pueden estar ahí. El agua está demasiado fría.

			—Morirían por congelación.

			Aunque no los veía, los imaginé más cerca del agua, buscando en sus someras profundidades azules señales de vida. Pero los árboles mantenían el arroyo en sombra, incluso aunque estuviera amaneciendo, y el cieno enturbiaba el agua. La nevada habría cubierto nuestros pasos.

			Al final, el primero murmuró:

			—Nadie puede aguantar la respiración tanto tiempo.

			—Una bruja sí.

			Otra pausa, esta más larga que la anterior. Más ominosa. Contuve la respiración, conté cada rápido latido de mi corazón.

			Bum-bum. Bum-bum.

			Bum-bum.

			—Pero… esta es ropa de hombre. Mira. Pantalones.

			Una neblina roja atravesó la interminable oscuridad. Si encontraban mi Balisarda, sacaría los pies del cieno a la fuerza. Incluso si eso significara perder dichos pies.

			Bum-bum. Bum-bum.

			No permitiría que se llevaran mi Balisarda.

			Bum-bum.

			Los dejaría a todos inconscientes.

			Bum-bum.

			No lo perdería.

			—¿Crees que se han ahogado?

			—¿Sin su ropa?

			—Tienes razón. La explicación más lógica es que estén vagando desnudos en la nieve.

			Bum-bum.

			—Tal vez una bruja los arrastrara hacia el fondo.

			—Por supuesto, entra y compruébalo.

			Un resoplido indignado.

			—Está helada. ¿Y quién sabe qué podría estar al acecho ahí dentro? De todos modos, si una bruja los ha hundido, ya se habrán ahogado. No tiene sentido añadir mi cadáver a la lista.

			—Menudo chasseur estás hecho.

			—No veo que tú te ofrezcas como voluntario.

			Bum-bum.

			Una parte distante de mi cerebro se dio cuenta de que los latidos de mi corazón estaban disminuyendo. Reconoció el frío que reptaba por mis brazos, por mis piernas.

			Hizo sonar una señal de alarma. Lou aflojó las extremidades lentamente. Yo la apreté con más fuerza en respuesta. Fuera lo que fuera que estuviese haciendo para que siguiéramos respirando, para aumentar nuestra capacidad auditiva, la estaba drenando. O tal vez era el frío. De cualquier manera, notaba cómo se desvanecía. Tenía que hacer algo.

			De forma instintiva, busqué la oscuridad que había sentido solamente en una ocasión anterior. El abismo. El vacío. Ese lugar al que había caído mientras Lou moría, ese lugar que había cerrado cuidadosamente con llave e ignorado. Ahora busqué a tientas para desatarlo, hurgué en mi subconsciente. Pero no estaba allí. No lo encontraba. El pánico se intensificó, incliné la cabeza de Lou hacia atrás y llevé mi boca hasta la suya. Introduje mi aliento en sus pulmones. Seguí buscando, pero no hallé cuerdas doradas. Ni patrones. Solo había agua helada y ojos que no veían y la cabeza de Lou inclinada sobre mi brazo. Dejó de aferrarme los hombros, y noté cómo su pecho se detenía.

			La sacudí, el pánico se transformó en un miedo crudo y debilitante, y me estrujé el cerebro en busca de algo, cualquier cosa, que pudiera hacer. Madame Labelle había mencionado el equilibrio. Tal vez, tal vez pudiera…

			El dolor me atravesó los pulmones antes de que se me ocurriera algo, y me quedé sin aliento. El agua me inundó la boca. De repente volvía a ver, y el cieno que me envolvía los pies se disolvió, lo que significaba…

			Lou había perdido el conocimiento.

			No me detuve a pensar, a ver cómo los destellos dorados que titilaban en los bordes de mi campo visual tomaban forma. Agarré su cuerpo inerte y me impulsé hacia la superficie.





		 			Capítulo 4

Porcelana bonita



			Lou

			Mi cuerpo irradiaba calor. Lentamente al principio, luego todo a la vez. Las extremidades me hormigueaban de forma casi dolorosa, regañándome para que recuperara la conciencia. Maldiciendo los pinchazos (y la nieve, y el viento, y el hedor a cobre en el aire), gemí y abrí los ojos. Notaba la garganta en carne viva, tensa. Como si alguien me hubiera introducido un atizador al rojo vivo por el gaznate mientras dormía.

			—¿Reid? —La palabra salió como un graznido. Tosí… un sonido horrible y húmedo que hizo que me temblara el pecho, y lo intenté de nuevo—. ¿Reid?

			Solté una maldición cuando no respondió y me di la vuelta.

			Un grito estrangulado surgió de mi garganta, y me tambaleé hacia atrás. Un chasseur sin vida me miraba fijamente. Su cuerpo exangüe yacía en la orilla helada del arroyo, ya que la mayor parte de su sangre había derretido la nieve de debajo y se había filtrado en la tierra y el agua.

			A sus tres compañeros no les había ido mucho mejor. Sus cadáveres estaban en la orilla, rodeados por los cuchillos que había empleado Reid.

			Reid.

			—¡Joder! —Me puse de rodillas, con las manos revoloteando sobre la enorme figura de pelo cobrizo a mi otro lado. Estaba tendido boca abajo sobre la nieve, con los pantalones abrochados descuidadamente, con el brazo y la cabeza dentro de su camisa como si se hubiera desplomado antes de terminar de vestirse.

			Le di la vuelta mientras soltaba otra maldición. El pelo se le había congelado sobre la cara salpicada de sangre, y su piel se había vuelto de un azul grisáceo ceniciento. Oh, Dios.

			Oh, Dios, oh, Dios, oh, Dios.

			Desesperada, apoyé la oreja contra su pecho y casi lloré de alivio cuando oí un latido. Era débil, pero ahí estaba. Mi propio corazón hacía resonar un traicionero latido en mis oídos, sano y fuerte, y tenía el pelo y la piel imposiblemente calientes y secos. Al comprender lo que había pasado sentí una oleada de náuseas. El muy idiota casi se había matado al tratar de salvarme.

			Apoyé con fuerza las palmas de las manos en su pecho, y el oro explotó ante mí en una red de infinitas posibilidades. Salté a través de ellas apresuradamente, demasiado asustada para retrasarlo, para pensar en las consecuencias, y me detuve cuando un recuerdo se desplegó en el ojo de mi mente: mi madre cepillándome el pelo la noche anterior a mi decimosexto cumpleaños, la ternura de su mirada, la calidez de su sonrisa.

			Calidez.

			Cuídate, querida, mientras estamos separadas. Cuídate hasta que nos encontremos de nuevo.

			¿Te acordarás de mí, Maman?

			Nunca podría olvidarte, Louise. Te quiero.

			Con un gesto de vacilación ante sus palabras, tiré de la cuerda dorada y esta se retorció. El recuerdo cambió dentro de mi mente. Sus ojos se endurecieron y se convirtieron en trozos de hielo esmeralda; se burló de la esperanza que reflejaba mi expresión, la desesperación que desprendía mi voz. Se me descompuso el rostro de dieciséis años. Las lágrimas brotaron.

			Por supuesto que no te quiero, Louise. Eres la hija de mi enemigo. Fuiste concebida para un propósito más elevado, y no envenenaré ese propósito con amor.

			Por supuesto. Por supuesto que ella no me había querido, ni siquiera entonces. Sacudí la cabeza, desorientada, y cerré el puño. El recuerdo se disolvió en polvo dorado, y su calidez inundó a Reid. Su pelo y su ropa se secaron con una ráfaga de calor. El color volvió a su piel, y su respiración se hizo más profunda. Abrió los ojos cuando intenté meterle el otro brazo en la manga.

			—Deja de darme tu calor corporal —le dije, bajándole la camisa por el abdomen con violencia—. Te estás matando.

			—Yo… —Aturdido, parpadeó varias veces y captó la sangrienta escena que nos rodeaba. El color que había recuperado su piel se desvaneció al ver a sus hermanos muertos.

			Giré su rostro hacia el mío, ahuecando las manos sobre sus mejillas y obligándolo a sostenerme la mirada.

			—Concéntrate en mí, Reid. No en ellos. Tienes que romper el patrón.

			Abrió los ojos de par en par mientras me miraba.

			—No sé cómo hacerlo.

			—Solo tienes que relajarte —le persuadí, apartándole el pelo de la frente—. Visualiza la cuerda que nos une en tu mente y suéltala.

			—Suéltala —se rio, pero el sonido le salió estrangulado. Su voz carecía de alegría—. Por supuesto.

			Sacudió la cabeza y cerró los ojos para concentrarse. Después de un largo momento, el calor que palpitaba entre nosotros cesó, y fue reemplazado por el penetrante mordisco del aire frío e invernal.

			—Bien —dije, sintiendo ese frío en lo más profundo de mis huesos—. Ahora cuéntame qué ha pasado.

			Abrió los ojos de golpe, y en ese breve segundo, vi un destello de puro dolor sin adulterar. Hizo que el aliento se me atascara en la garganta.

			—No paraban. —Tragó con fuerza y desvió la mirada—. Te estabas muriendo. Tenía que llevarte a la superficie. Pero nos reconocieron y no quisieron escuchar… —Tan rápido como apareció, el dolor de sus ojos se desvaneció, se apagó como la llama de una vela. Un inquietante vacío lo reemplazó—. No tuve elección —terminó, con una voz tan hueca como sus ojos—. Eras tú o ellos.

			El silencio nos envolvió cuando entendí sus palabras.

			No era la primera vez que se veía obligado a elegir entre otra persona y yo. No era la primera vez que se manchaba las manos con la sangre de su familia para salvarme. Oh, Dios.

			—Por supuesto. —Asentí demasiado rápido, mi voz horriblemente ligera. Mi sonrisa horriblemente brillante—. Está bien. No pasa nada. —Me puse de pie, ofreciéndole una mano. La miró durante un segundo, dudando, y noté un nudo descomunal en el estómago. Sonreí con más ímpetu. Por supuesto que él dudaría en tocarme. En tocar a cualquiera. Acababa de sufrir una experiencia traumática. Había utilizado la magia por primera vez desde Modraniht, y la había usado para hacer daño a sus hermanos. Por supuesto que tenía emociones encontradas. Por supuesto que no quería que yo…

			Aparté aquel pensamiento, y me acobardé como si me hubiera mordido. Pero era demasiado tarde. El veneno ya me había impregnado. La duda rezumaba allí donde sus colmillos me habían perforado, y observé, ausente, como mi mano caía de nuevo a mi costado. Él la agarró en el último segundo, sujetándola con firmeza.

			—No lo hagas —dijo.

			—¿El qué?

			—Pensar lo que sea que estés pensando. No lo hagas.

			Emití una risa estridente, buscando una respuesta ingeniosa, pero no encontré ninguna. En vez de eso, lo ayudé a ponerse de pie.

			—Volvamos al campamento. No me gustaría decepcionar a tu madre. En este momento, lo más probable es que esté deseando asarnos a los dos en el espetón. De hecho, la idea no me desagrada del todo. Aquí hace un frío de mil demonios.

			Asintió con la cabeza, todavía espantosamente impasible, y se colocó bien sus botas en silencio. Acabábamos de regresar al Hueco cuando capté un pequeño movimiento por el rabillo del ojo que me hizo detenerme.

			Él miró alrededor.

			—¿Qué pasa?

			—Nada. ¿Por qué no te adelantas?

			—No hablas en serio.

			Otro movimiento, este más evidente. Mi sonrisa, aún demasiado radiante, demasiado alegre, se desvaneció.

			—Tengo que mear —dije con rotundidad—. ¿Acaso quieres mirar?

			Reid se puso colorado, y tosió, agachando la cabeza.

			—Em, no. Esperaré justo ahí.

			Huyó detrás del grueso follaje de un abeto sin mirar hacia atrás. Lo vi marcharse, y estiré el cuello para asegurarme de que no viera nada, antes de girarme para estudiar el origen del movimiento.

			En la orilla del estanque, no del todo muerto, el último de los chasseurs me miraba con ojos suplicantes. Todavía se aferraba a su Balisarda. Me arrodillé a su lado, sintiendo náuseas mientras se lo arrancaba de sus dedos rígidos y congelados. Por supuesto que Reid no se lo había quitado, a ninguno de ellos. Hubiera sido una violación. No importaba que lo más probable era que las brujas saquearan sus cadáveres y se llevaran los cuchillos encantados. Para Reid, despojar a sus hermanos de sus identidades en sus últimos momentos habría sido una traición impensable, peor incluso que matarlos.

			El chasseur movió los pálidos labios, pero no articuló ningún sonido. Suavemente, lo hice rodar sobre su estómago. Morgane me había enseñado cómo matar a un hombre al instante.

			«En la base de la cabeza, donde la columna vertebral se encuentra con el cráneo», me había instruido, colocándome la punta de su cuchillo en el cuello. «Si los separas no habrá reanimación que valga».

			Imité el movimiento de Morgane en el cuello del chasseur. Agitó los dedos por la inquietud. Por el miedo. Pero ya era demasiado tarde para él, e incluso si no lo fuera, nos había visto las caras. Puede que también hubiera visto a Reid usar la magia. Ese era el único regalo que podía hacerles a cualquiera de los dos.

			Tomando una profunda bocanada de aire, hundí el Balisarda en la base del cráneo del chasseur. Sus dedos dejaron de moverse bruscamente. Después de un momento de vacilación, lo hice rodar de nuevo, le crucé las manos sobre el pecho y le coloqué el Balisarda entre ellas.



			Como había predicho, madame Labelle nos esperaba en la linde del Hueco, con las mejillas sonrojadas y los ojos brillantes de ira. De sus fosas nasales prácticamente brotaba fuego.

			—¿Dónde habéis…? —Se detuvo en seco, con los ojos abiertos de par en par al vernos el pelo despeinado y el estado de nuestra ropa. Reid todavía no se había abrochado los pantalones. Se apresuró a hacerlo en aquel momento—. ¡Imbéciles! —chilló madame Labelle, en voz tan alta, tan chillona y desagradable, que un par de tórtolas salieron volando—. ¡Cretinos! Estúpidos, necios. ¿Sois capaces de pensar con las regiones más septentrionales de vuestro cuerpo, o estáis gobernados enteramente por el sexo?

			—Depende de cómo nos levantemos. —Me dirigí hacia mi saco de dormir, arrastrando a Reid conmigo, y le eché mi manta sobre los hombros. Todavía tenía la piel demasiado cenicienta para mi gusto, y seguía faltándole el aliento. Él me atrajo hasta su hombro, y me dio las gracias rozándome la oreja con los labios—. Aunque me sorprende oír a una madame tan mojigata.

			—No lo sé. —Sentado en su saco de dormir, Beau se pasó una mano por la melena despeinada. Todavía parecía adormilado—. Por una vez, yo lo llamaría prudencia. Y es mucho, viniendo de mí. —Arqueó una ceja en mi dirección—. ¿Ha estado bien, al menos? Espera, no me lo digas. Si hubiera sido con otro que no fuera mi hermano, tal vez…

			—Cierra el pico, Beau, y ya de paso aviva el fuego —dijo Coco, que inspeccionaba con la mirada cada centímetro de mi piel. Frunció el ceño—. ¿Eso es sangre? ¿Estás herida?

			Beau ladeó la cabeza para estudiarme antes de asentir con la cabeza. No hizo ningún amago de ir a avivar el fuego.

			—Tienes una pinta horrible, hermanita.

			—No es tu hermana —gruñó Reid.

			—Y tendría mejor pinta que tú aunque estuviera agonizando —añadió Coco. Él se rio y sacudió la cabeza.

			—Cada cual que opine lo que quiera, por muy equivocado que esté…

			—¡Basta! —Madame Labelle levantó las manos al cielo con exasperación y nos miró a todos—. ¿Qué ha pasado?

			Le eché una mirada a Reid, que estaba tan tenso como si madame Labelle le hubiera pegado con un atizador, y rápidamente relaté lo que había sucedido en el arroyo. Aunque me salté las partes íntimas, Beau gimió y se tiró de espaldas de todas formas, cubriéndose la cara con una manta. La expresión de madame Labelle se endurecía más con cada palabra.

			—Intentaba mantener cuatro patrones a la vez —relaté, a la defensiva, mientras ella entornaba los ojos y unas manchas de rubor le aparecían en las mejillas—. Dos patrones para ayudarnos a respirar y dos patrones para ayudarnos a oír. Fui incapaz de controlar la temperatura del agua también. Esperaba poder aguantar lo suficiente para que los chasseurs se fueran. —Miré con reticencia a Reid, que contemplaba fijamente sus pies. Aunque había guardado el Balisarda en la bandolera, todavía agarraba el mango con su mano libre. Los nudillos se le habían puesto blancos—. Siento no haber podido hacerlo.

			—No ha sido culpa tuya —murmuró.

			Madame Labelle siguió interrogándonos, sin prestar atención a ninguna de las señales emocionales.

			—¿Qué ha pasado con los chasseurs?

			De nuevo, miré a Reid, preparada para mentir si era necesario.

			Él respondió por mí, con la voz hueca.

			—Los he matado. Están muertos.

			Por fin, por fin, la expresión de Madame Labelle se suavizó.

			—Luego me ha dado su calor corporal en la orilla. —Me apresuré a continuar la historia, pues me moría de ganas por terminar aquella conversación, para llevarme a Reid y consolarlo de alguna manera. Se lo veía tan… tan rígido. Como uno de los árboles que crecían a nuestro alrededor, extraño y desconocido y duro. Lo detestaba—. Ha usado la magia de forma inteligente, pero casi se muere de frío. He tenido que extraer calor de un recuerdo para reanimar…

			—¿Que has hecho qué? —Madame Labelle se levantó cuan alta era y me miró desde arriba, con los puños apretados en un gesto tan familiar que me detuve, mirándola fijamente—. Niña tonta…

			Levanté la barbilla en actitud desafiante.

			—¿Hubieras preferido que lo dejara morir?

			—¡Claro que no! Aun así, semejante imprudencia debe ser revisada, Louise. Sabes muy bien lo peligroso que es alterar la memoria…

			—Soy consciente —dije, apretando los dientes.

			—¿Por qué es peligroso? —preguntó Reid en voz baja.

			Giré la cabeza hacia él, bajando la voz para igualar su tono.

			—Los recuerdos son… sagrados. Nuestras experiencias en la vida dan forma a lo que somos, es como nutrirse de la naturaleza, y si cambiamos nuestros recuerdos de esas experiencias, bueno… También podríamos cambiar lo que somos.

			—No se sabe cómo ese recuerdo que ha alterado ha afectado a sus valores, sus creencias, sus expectativas. —Madame Labelle se hundió en un hueco en su tronco favorito. Respirando hondo, enderezó la espalda y apretó las manos como si tratara de concentrarse en algo más, cualquier cosa que no fuera su ira—. La personalidad tiene matices. Hay algunos que creen que la naturaleza (nuestro linaje, nuestras características heredadas) influye en lo que somos, independientemente de las vidas que llevemos. Creen que nos convertimos en lo que hemos nacido para ser. Muchas brujas, Morgane incluida, utilizan esta filosofía para excusar su comportamiento atroz. Es una tontería, por supuesto.

			Todas las miradas y los oídos del Hueco estaban centrados únicamente en ella. Incluso

			Beau asomó la cabeza en señal de interés.

			Reid frunció el ceño.

			—Así que… crees que la educación tiene más influencia que la naturaleza.

			—Por supuesto que sí. El más leve cambio en la memoria puede acarrear consecuencias profundas e invisibles. —Dirigió su mirada hacia mí, y esos ojos familiares se entrecerraron casi imperceptiblemente—. Lo he visto en el pasado.

			Ansel esbozó una sonrisa incierta, una reacción instintiva, en el incómodo silencio que siguió.

			—No sabía que la brujería podía ser tan académica.

			—Lo que sabes de brujería no podría llenar ni una cáscara de nuez —contestó madame Labelle irritada.

			Coco repuso algo con brusquedad, a lo que Beau respondió con igual irritación. No escuché nada de eso, ya que Reid había colocado la mano en el hueco de mi espalda. Se inclinó para susurrar:

			—No deberías haber hecho eso por mí.

			—Haría cosas mucho peores por ti.

			Se echó hacia atrás al oír mi tono, sus ojos escrutaron los míos.

			—¿Qué quieres decir?

			—Nada. No te preocupes por eso. —Le acaricié la mejilla, y un intenso sentimiento de alivio me recorrió cuando no se apartó—. Lo hecho, hecho está.

			—Lou. —Me cogió los dedos y los apretó con suavidad antes de devolverlos a donde estaban. Su rechazo, por muy educado que fuera, hizo que se me cayera el alma a los pies—. Dímelo.

			—No.

			—Dímelo.

			—No.

			Exhaló con fuerza por la nariz, tensó la mandíbula.

			—Por favor.

			Lo miré fijamente, indecisa, mientras la discusión de Coco y Beau se hacía más intensa. Aquello era una mala idea. Una muy mala idea, de hecho.

			—Ya sabes una parte —acabé diciendo—. Para recibir, debes dar. He manipulado un recuerdo para revivirte en la orilla. He intercambiado nuestra visión por una capacidad auditiva mejorada, y yo…

			Para ser totalmente sincera, deseaba mentir. Otra vez. Quería sonreír y decirle que todo iría bien, pero no tenía sentido ocultar lo que había hecho. Aquella era la naturaleza de la bestia. La magia requería sacrificios. La naturaleza exigía equilibrio. Reid tendría que aprenderlo más pronto que tarde si queríamos sobrevivir.

			—¿Tú qué? —dijo con impaciencia.

			Me encontré con su mirada dura e inquebrantable de frente.

			—He dado unos momentos de mi vida a cambio de esos momentos bajo el agua. Ha sido la única manera que se me ha ocurrido para que siguiéramos respirando.

			En aquel momento, retrocedió y se alejó de mí, se alejó físicamente, pero madame Labelle se puso en pie de un salto, elevando la voz para que se la escuchara por encima de Coco y Beau. Ansel observaba cómo se desarrollaba el caos con una ansiedad palpable.

			—¡He dicho que ya es suficiente! —El color de sus mejillas se había vuelto más intenso, y temblaba visiblemente. Resultaba obvio que el temperamento de Reid era heredado—. Por el colmillo que le falta a la Arpía, tenéis que dejar de comportaros como niños, o las Dames blanches bailarán sobre vuestras cenizas. —Nos miró con atención a Reid y a mí—. ¿Estáis seguros de que los chasseurs están muertos? ¿Todos ellos?

			El silencio de Reid debería haber sido respuesta suficiente. Sin embargo, puesto que madame Labelle aún nos miraba expectante, esperando la confirmación, fruncí el ceño y pronuncié las palabras en voz alta.

			—Sí. Están muertos.

			—Bien —espetó.

			Reid seguía sin decir nada. No reaccionó a la crueldad de ella en absoluto. Se estaba escondiendo, me di cuenta. Escondiéndose de ellos, escondiéndose de sí mismo… Escondiéndose de mí. Madame Labelle se sacó tres trozos de pergamino arrugados del corpiño y nos los arrojó. Reconocí la letra de Coco en ellos, las súplicas que había escrito a su tía. Debajo de la última, una mano desconocida había escrito con tinta una brusca negativa: Tu cazador no será bien recibido aquí. Eso era todo. No había ninguna explicación adicional ni palabras corteses. Ningún «si», «y» ni «pero».

			Parecía que La Voisin por fin había dado su respuesta.

			Arrugué la última misiva antes de que Reid pudiera leerla, con la sangre rugiéndome en los oídos.

			—¿Podemos ponernos todos de acuerdo en que es hora de enfrentarnos a los monstruos —preguntó madame Labelle—, o continuaremos cerrando los ojos y esperando lo mejor?

			La irritación que me provocaba madame Labelle se acercó peligrosamente a la aversión. Me daba igual que fuera la madre de Reid. En ese momento, no deseé su muerte, pero sí que le picara algo. Sí. Un picor eterno en sus partes bajas que fuera incapaz de aliviar. Un castigo adecuado para alguien que no dejaba de arruinarlo todo.

			Y aun así, a pesar de su cruel insensibilidad, en el fondo sabía que tenía razón. Nuestros momentos robados se habían acabado.

			Había llegado el momento de seguir adelante.

			—Ayer dijiste que necesitamos aliados. —Le di la mano a Reid y le apreté los dedos. Era el único consuelo que podía ofrecerle allí. Sin embargo, cuando no me devolvió el apretón, una vieja fisura se abrió en mi corazón. Las palabras amargas salieron a borbotones antes de que pudiera detenerlas—. ¿A quién podríamos pedírselo? Está claro que las brujas de sangre no nos apoyan. El pueblo de Belterra ciertamente no se unirá a nuestra causa. Somos brujas. Somos malvadas. Hemos colgado a sus hermanas, hermanos y madres en la calle.

			—Morgane ha hecho esas cosas —protestó Coco—. Nosotras no hemos hecho nada.

			—Sin embargo, esa es la cuestión ¿no? Dejamos que ocurriera. —Hice una pausa y exhalé con fuerza—. Yo dejé que ocurriera.

			—Basta —dijo Coco con ferocidad, sacudiendo la cabeza—. El único crimen que cometiste fue querer vivir.

			—No importa. —Madame Labelle volvió a su tocón con una expresión pensativa. Aunque sus mejillas seguían de color rosa, había bajado la voz misericordiosamente. Mis oídos se regocijaron—. Adonde el rey se dirija, el pueblo lo seguirá.

			—Estás loca si crees que mi padre se aliará contigo —dijo Beau desde su saco de dormir—. Ya ha puesto precio a la cabeza de Lou.

			Madame Labelle resopló.

			—Morgane es una enemiga común. Tu padre podría ser más dócil de lo que crees.

			Beau puso los ojos en blanco.

			—Mira, sé que crees que todavía te ama o lo que sea, pero él…

			—No es el único al que pediremos ayuda —interrumpió madame Labelle con brusquedad—. Es obvio que nuestras posibilidades de éxito serán mucho mayores si persuadimos al rey Auguste para que se una a nosotros, ya que sin duda comandará a los chasseurs hasta que la Iglesia designe un nuevo líder, pero hay otros personajes igual de poderosos. Los loups garous, por ejemplo, y las melusinas. Tal vez incluso Josephine estaría dispuesta a unírsenos si se dieran las circunstancias adecuadas.

			Coco se rio.

			—Si mi tía se ha negado a alojarnos con un exchasseur entre nuestras filas, ¿qué te hace pensar que estará de acuerdo en aliarse con los enemigos reales? No le gustan mucho los hombres lobo ni las sirenas.

			Reid parpadeó, la única señal física de que había deducido el contenido de la misiva de La Voisin.

			—Tonterías. —Madame Labelle negó con la cabeza—. Debemos mostrarle a Josephine que tiene más que ganar con una alianza que llevando a cabo una política mezquina.

			—¿Política mezquina? —Coco hizo una mueca—. La política de mi tía es de vida o muerte para mi pueblo. Cuando las Dames blanches echaron a mis antepasadas del Chateau, tanto los loups garous como las melusinas se negaron a prestarnos ayuda. Pero tú no lo sabías, ¿verdad? Las Dames blanches solo piensan en sí mismas. Excepto tú, Lou —añadió.

			—No me ofendo. —Me acerqué a la raíz más cercana, me subí a ella y miré a madame Labelle. Sin embargo, mis pies colgaban a varios centímetros del suelo, lo cual estropeaba bastante mi pose amenazadora—. Si vamos a alejarnos por completo de la realidad, ¿por qué no añadimos al Hombre Salvaje y a la Tarasca a la lista? Estoy segura de que un hombre cabra legendario y un dragón le darían un toque fantástico a esa gran batalla que te estás imaginando.

			—No me imagino nada, Louise. Sabes tan bien como yo que tu madre no ha permanecido ociosa en su silencio. Está planeando algo, y debemos estar preparados para lo que sea.

			—No será una batalla. —Balanceé los pies fingiendo despreocupación, a pesar de la turbación que se agolpaba bajo mi piel—. No en el sentido tradicional. Ese no es su estilo. Mi madre es una anarquista, no una soldado. Ella ataca desde las sombras, se esconde entre las multitudes. Así es como incita al miedo. Con el caos. No se arriesgará a unir a sus enemigos llevando a cabo un ataque directo.

			—Aun así —dijo madame Labelle con frialdad—, somos seis contra decenas de Dames blanches. Necesitamos aliados.

			—Para no echar por tierra tu afirmación, digamos que todas las partes forman una alianza milagrosa. —Balanceé los pies con más fuerza, con más rapidez—. El rey, los chasseurs, las Dames rouges, los loups garous y las melusinas, colaboran los unos con los otros como si fueran una gran familia feliz. ¿Qué pasará después de que derrotamos a Morgane? ¿Volveremos a las andadas en cuanto esté bajo tierra? Somos enemigos, Helene. Los Hombres lobo y las sirenas no van a convertirse en amigos del alma en el campo de batalla. Los cazadores no van a renunciar a siglos de enseñanzas para hacerse amigos de las brujas. Es un dolor demasiado antiguo y demasiado intenso como para que ninguno de los bandos lo olvide. No se puede curar una enfermedad con una venda.

			—Pues dales la cura —propuso Ansel en voz baja. Me sostuvo la mirada con una firmeza y fortaleza nada típicas de su edad—. Tú eres una bruja. Él es un cazador.

			Reid respondió en voz baja, plana.

			—Ya no.

			—Pero lo eras —insistió Ansel—. Cuando os enamorasteis, erais enemigos.

			—Él no sabía que yo era su enemiga…—empecé.

			—Pero tú sí sabías que él lo era. —Los ojos de Ansel, del color del whisky, pasaron de mí a Reid—. ¿Habría importado?

			No importa si eres una bruja, me había dicho después de Modraniht. Me había tomado de las manos, y las lágrimas habían brotado en sus ojos. Habían sido muy expresivas, rebosantes de emoción. De amor. El modo en que ves el mundo… Yo también quiero verlo así.

			Aguantando la respiración, esperé una respuesta negativa que no llegó. Madame Labelle habló en su lugar.

			—Creo que un enfoque similar funcionará con los otros. Unirlos contra un enemigo común, obligarlos a trabajar juntos, podría cambiar la percepción de todos los bandos. Podría ser el empujón que todos necesitamos.

			—Y me has llamado ingenua a mí. —Aumenté la fuerza de mis patadas para enfatizar mi escepticismo, y la bota (que seguía sin atar, pues había abandonado el arroyo a toda prisa) se me salió del pie. Un trozo de papel cayó del interior. Frunciendo el ceño, salté al suelo para recuperarlo. A diferencia del pergamino barato y manchado de sangre que Coco había robado del pueblo, aquella nota estaba escrita en un trozo de lino limpio y nuevecito que olía a eucalipto. Se me heló la sangre

			Bonita muñeca de porcelana, con cabellos a la negra noche semejantes,

			Llora sola dentro de su ataúd, sus lágrimas verdes y brillantes.

			Coco se acercó a mí y se inclinó para leer las palabras.

			—Esto no es de mi tía.

			El lino se me escapó de los dedos entumecidos.

			Ansel se agachó a recogerlo, y él también leyó por encima el contenido.

			—No sabía que te gustaba la poesía. —Cuando nuestras miradas se encontraron, su sonrisa vaciló—. Es precioso. De una manera triste, supongo.

			Intentó devolverme el lino, pero mis dedos seguían negándose a moverse. Reid lo aceptó en mi lugar.

			—No lo has escrito tú, ¿verdad? —preguntó, aunque no era una pregunta.

			Sin pronunciar palabra, negué con la cabeza de todos modos.

			Me estudió un momento antes de volver a prestar atención a la nota.

			—Estaba en tu bota. Quienquiera que la haya escrito debe de haber estado en el arroyo. —Frunció todavía más el ceño, y se la pasó a madame Labelle, que había tendido una mano, impaciente—. ¿Crees que un chasseur…?

			—No. —La incredulidad que me había mantenido congelada por fin se convirtió en una oleada de pánico. Le quité la nota a madame Labelle, sin hacer caso a su protesta, y me la volví a meter en la bota—. Ha sido Morgane.





		 			Capítulo 5

El proceder más sensato



			Reid

			Un silencio siniestro se posó sobre el campamento. Todo el mundo miraba a Lou mientras esta respiraba profundamente para recuperarse. Al final, fue ella quien dio voz a nuestro silencio.

			—¿Cómo nos ha encontrado?

			Era una buena pregunta. Pero no la adecuada.

			Contemplé el crepitar del fuego, imaginando la mano pálida de Morgane, su letra elegante, mientras nos prometía un futuro de destrucción y perdición.

			Tenía que tomar una decisión.

			—Habéis abandonado el campamento, ¿te acuerdas? —espetó madame Labelle—. Para daros un baño, nada menos.

			—Chateau le Blanc está a kilómetros de aquí —dijo Lou. me percaté de que intentaba no perder los estribos—. Incluso si el agua se ha llevado la protección de Coco, incluso si los árboles le susurraban nuestro paradero, es imposible que llegara tan rápido. No puede volar.

			—Claro que sí. Si estuvieras debidamente motivada, tú también podrías. Simplemente es cuestión de encontrar el patrón correcto.

			—O puede que ella ya estuviera aquí, observándonos. Puede que nos haya estado observando todo este tiempo.

			—Imposible. —Levanté la vista para ver cómo se oscurecían los ojos de madame Labelle—. Yo misma he encantado el hueco.

			—En cualquier caso —intervino Coco, plantándose las manos en las caderas—, ¿por qué no te ha secuestrado en el arroyo?

			Volví a prestar atención al fuego. Esa era una pregunta mejor. Seguía sin ser la adecuada.

			Las palabras de Morgane volvieron a mi mente: Llora sola en su ataúd, sus lágrimas verdes y brillantes. La respuesta estaba delante de nuestras narices. Una de las palabras me hizo tragar con fuerza. Ataúd. Por supuesto, aquel era el plan de Morgane. La pena retumbó contra la puerta de mi fortaleza, pero la mantuve a raya, ignorando la esquirla de anhelo que amenazaba con romperme.

			Lenta y metódicamente, ordené mis pensamientos y mis emociones.

			—No lo sé. —Lou respondió a la pregunta de Coco con un sonido de frustración y comenzó a caminar de un lado a otro—. Esto es típico de ella. Y hasta que no sepamos cómo me ha encontrado, o qué quiere, aquí no estamos seguros. —Se dio la vuelta con brusquedad para mirar a madame Labelle—. Tienes razón. Tenemos que irnos inmediatamente. Hoy mismo.

			No se equivocaba.

			—Pero sabe que estamos aquí —dijo Coco—. ¿No nos seguirá?

			Lou reanudó el paseo, no levantó la vista del sendero que estaba trazando en el suelo.

			—Intentará seguirnos. Por supuesto que sí. Pero su estrategia no está lista todavía, o ya me habría llevado con ella. Tenemos hasta entonces para darle esquinazo.

			—Maravilloso. —Beau puso los ojos en blanco mientras miraba hacia el cielo, dejándose caer sin gracia en su saco de dormir—. Tenemos un hacha invisible colgando sobre nuestras cabezas.

			Respiré hondo.

			—No es invisible.

			Todas las miradas del claro se posaron sobre mí. Dudé. Todavía no había decidido qué hacer. Si tenía razón, y sabía que la tenía, se perderían muchas vidas si no actuábamos. Y si actuábamos… Bueno, estaríamos yendo directos hacia una trampa. Lo que significaba que Lou…

			La miré, notando cómo el corazón se me retorcía. Lou estaría en peligro.

			—Por Dios, hombre —exclamó Beau—, deja de lado un momento esa actitud de héroe melancólico. ¡Suéltalo!

			—Todo estaba en la nota. —Haciendo un gesto hacia las brasas del fuego, me encogí de hombros. El gesto pareció frágil—. Llanto, lágrimas, ataúd. Es un funeral. —Cuando le eché a Lou una mirada significativa, ella soltó un grito ahogado.

			—El funeral del arzobispo.

			—Nos está poniendo un cebo —confirmé.

			Ella frunció el ceño e inclinó la cabeza.

			—Pero…

			—Esa solo es una de las frases —terminó Ansel—. ¿Qué hay del resto?

			Me obligué a mantener la calma. Sereno. Vacío de la emoción que azotaba el exterior de mi fortaleza mental.

			—No lo sé. Pero al margen de lo que esté planeando, ocurrirá en el funeral. Estoy seguro de ello.

			Si estaba en lo cierto, ¿podría poner en peligro a Lou para salvar a cientos, quizás miles, de personas inocentes? Si arriesgaba su vida para salvar a los demás, ¿qué me diferenciaba de Morgane? Una vida a cambio de muchas otras. Era el proceder más sensato, pero equivocado, de alguna manera. Incluso si no hubiera sido Lou. El fin no justificaba los medios.

			Y sin embargo… Yo conocía a Morgane mejor que ninguno de los que estaban allí. Mejor que madame Labelle. Mejor incluso que Lou. Ellas conocían a la Dame des Sorcières como la mujer. La madre. La amiga. Yo la conocía como el enemigo. Había sido mi deber estudiar su estrategia, predecir sus ataques. Había pasado los últimos años de mi vida familiarizándome íntimamente con sus movimientos. Fuera lo que fuera que hubiera planeado para el funeral del arzobispo, hedía a muerte.

			Pero no podía poner en riesgo a Lou. No podía. Si esos pocos y terribles momentos en Modraniht me habían enseñado algo, cuando le rajaron la garganta, cuando su sangre llenó la palangana, fue que no me interesaba una vida sin ella. No es que importara. Si ella moría, yo también lo haría. Literalmente. Junto con decenas de personas, como Beau y… y el resto de ellos.

			Mi familia.

			Aquel pensamiento me sacudió hasta la médula.

			Ya no eran extraños sin rostro, los objetivos de Morgane eran ahora los hermanos y hermanas que aún no había conocido. Los hermanos y hermanas con los que todavía no me había permitido soñar, ni siquiera dedicarles ni un pensamiento. Estaban ahí fuera, en algún lugar. Y estaban en peligro. No podía abandonarlos. Morgane prácticamente nos había dicho dónde encontrarla. Si pudiera llegar hasta ella, si pudiera de alguna manera detenerla, si pudiera cortar la cabeza de la víbora para salvar a mi familia, para salvar a Lou, si pudiera evitar que ella profanara los ritos funerarios de mi patriarca…

			Estaba demasiado distraído para advertir el silencio a mi alrededor.

			—No es más que una suposición —dijo Beau al final, sacudiendo la cabeza—. Estás sacando conclusiones precipitadas. Quieres asistir al funeral. Lo comprendo. Pero eso no significa que Morgane también vaya a asistir.

			—Lo que quiero es detener sus planes.

			—No sabemos cuáles son sus planes.

			Sacudí la cabeza.

			—Sí lo sabemos. No nos lo va a explicar, pero la amenaza es clara…

			—Reid, querido —interrumpió madame Labelle con suavidad—, sé que querías mucho al arzobispo, y quizás necesites algo para pasar página, pero ahora no podemos permitirnos actuar a la ligera…

			—No sería a la ligera. —Las manos se me cerraron en sendos puños por propia voluntad, y luché por controlar mi respiración. Notaba el pecho tenso. Demasiado tenso. Por supuesto que no lo entendían. No se trataba de mí. No se trataba de pasar página. Se trataba de hacer justicia. Y si… si pudiera expiar una parte de lo que había hecho, si pudiera despedirme…

			La esquirla de anhelo se hizo más profunda. Ahora incluso dolía.

			Pero aun así, podía proteger a Lou. Podía evitar que sufriera cualquier daño.

			—Tú eras la que quería reunir aliados —continué, con más fuerza en la voz—. Dinos cómo hacerlo. Dinos cómo hacer que los hombres lobo y las sirenas luchen juntos. Que luchen junto a los chasseurs. Podría funcionar. Juntos, seremos lo bastante fuertes para enfrentarnos a ella cuando mueva ficha.

			Todos intercambiaron miradas. Miradas reacias. Miradas significativas. Excepto Lou. Ella me miraba con una expresión inescrutable. No me gustó. No podía leerla, y siempre podía leer a Lou. Esa mirada me recordó a la época en la que ella guardaba secretos. Pero ya no quedaban más secretos entre nosotros. Lo había prometido.

			—¿Sabemos…? —Ansel se frotó la nuca, mirándose los pies—. ¿Sabemos siquiera si habrá un funeral?

			—¿O dónde será? —preguntó Beau.

			—¿O cuándo será? —añadió Coco.

			—Lo averiguaremos —insistí—. Estaremos preparados para cuando ataque.

			Beau suspiró.

			—Reid, no seas estúpido. Si tienes razón, que, por cierto, no estoy convencido de que la tengas, caeríamos directos en sus garras. Es lo que ella quiere…

			Absalón se materializó a mis pies justo cuando abrí la boca para discutir, para estallar, pero Lou nos interrumpió.

			—Es verdad. Es lo que ella quiere. —Su voz era tranquila, cautivadora, mientras nos señalaba a todos—. Es exactamente el tipo de juego al que le gusta jugar. Manipulador, cruel, divisivo. Espera una respuesta. Anhela una respuesta. El proceder más sensato es mantenerse alejado.

			Esto último me lo dijo directamente a mí.

			—Gracias a la flor de la Doncella —suspiró aliviada madame Labelle, pasándose una mano por la frente y regalándole a Lou una rara sonrisa—. Sabía que no podrías haber sobrevivido tanto tiempo sin algo de sentido común. Si hay un funeral y si Morgane realmente planea sabotearlo, no tendríamos el tiempo necesario para prepararnos. Con todo el reino intentando localizarnos, el viaje por los caminos sería lento y peligroso. Tardaríamos casi dos semanas en llegar hasta la bestia de Gévaudan, y el hogar de las melusinas en L’Eau Mélancolique se encuentra por lo menos a una semana de viaje en la dirección contraria. —Se limpió la frente con agitación—. Aparte de eso, tendríamos que pasar semanas en cada uno de esos sitios para favorecer una relación de confianza. Lo siento, Reid. La logística no nos lo permite.

			Lou me miraba, a la espera de mi respuesta.

			No la decepcioné.

			—Por favor, Lou —susurré, acercándome—. El proceder más sensato no siempre es el correcto. Este era mi trabajo. He tratado con Morgane y las Dames blanches toda mi vida. Sé cómo actúan. Tenías razón antes, Morgane incita al caos. Piensa en ello. El día que nos conocimos, atentó contra la vida del rey durante su desfile de vuelta a casa. —Señalé a Beau con la barbilla al recordar—. Atacó la catedral durante la última de las celebraciones del día de San Nicolás. Siempre actúa en medio de una multitud. Así es como se protege a sí misma. Es como se escapa. —Tomé su mano, sorprendido al notar que le temblaban los dedos—. El funeral del arzobispo será un acontecimiento nunca visto. Gente de todo el mundo vendrá a rendirle homenaje. Los estragos que causará serán devastadores. Pero tenemos una oportunidad de detenerla.

			—¿Y si nadie se nos une contra ella?

			—Lo harán. —La culpa menoscabó mi determinación, pero la alejé de mí. Por ahora, necesitaba que ella estuviera de acuerdo. Revelaría esa última información cuando no hubiera vidas en juego—. No necesitamos a las brujas de sangre o a las sirenas. El territorio de los hombres lobo no está lejos de Cesarine. A uno o dos días de viaje como mucho. Concentraremos nuestros esfuerzos, nos centraremos en el rey Auguste y la bestia de… Blaise. Haremos lo que sea necesario para persuadirlos. Tú misma lo has dicho. Morgane no es una soldado. No luchará si hay igualdad de condiciones. —Pensé con rapidez, considerando diferentes estrategias—. No esperará una alianza entre los chasseurs y los hombres lobo. La emboscaremos… No. Crearemos una distracción con los chasseurs, la haremos salir de la ciudad mientras los hombres lobo permanecen a la espera. Podría funcionar —repetí, con más fuerza ahora que antes.

			—Reid. Sabes que es una trampa.

			—Nunca dejaría que te pasara nada.

			—No estoy preocupada por mí. —Con su mano libre, me tocó la mejilla—. ¿Sabías que mi madre amenazó con darme de comer tu corazón si volvía a escapar?

			—Eso no sucederá.

			—No. Por supuesto que no.

			Dejó caer su mano, y todos se quedaron quietos, esperando. Nadie respiró siquiera. En ese momento, algo cambió en nuestro campamento. Sin darnos cuenta, le habíamos confiado a Lou la decisión final. No a madame Labelle. A Lou. La miré fijamente al darme cuenta. Era la hija de la Dame des Sorcières. Eso ya lo sabía. Por supuesto que lo sabía. Pero todavía no me había dado cuenta de lo que implicaba. Si todo iba de acuerdo con el plan… Lou heredaría la corona. El título. El poder.

			Lou se convertiría en una reina.

			Lou se convertiría en la Doncella, la Madre y la Anciana. Se sorprendió como si se percatara al tiempo que yo.

			Abrió los ojos como platos y esbozó una mueca. Era un descubrimiento desagradable, entonces. Uno poco grato. Cuando miró a Coco, con aspecto de estar profundamente incómoda, esta bajó la barbilla con una pequeña inclinación de cabeza.

			—Bien. —Lou se inclinó y señaló el gato que se encontraba a nuestros pies—. Absalón, ¿puedes entregarle un mensaje a Josephine Monvoisin? —Le echó una mirada de disculpa a Coco—. Este debería venir de mí.

			—¿Qué estás haciendo? —La confusión me inundó la voz al cogerle la mano, tirando de ella hacia arriba—. Deberíamos centrarnos en Auguste y Blaise…

			—Oye, Chass. —Me dio una palmada en el pecho antes de alejarse y agacharse junto a Absalón una vez más—. Si vamos a hacer esto, necesitamos toda la ayuda posible. Las sirenas están muy lejos, pero las brujas de sangre… Quizá tu madre tenga razón. Puede que Josephine esté dispuesta si se dan las circunstancias adecuadas. —Mirando a Coco, añadió—: ¿Dijiste que el campamento de sangre está cerca?

			Coco asintió.

			—Normalmente acampan por aquí cerca en esta época del año.

			Un sentimiento de sospecha se posó en mi estómago cuando Lou asintió y le susurró algo a Absalón.

			—Has dicho que ella no acogerá a un exchasseur —dije.

			Coco arqueó una ceja puntiaguda. Una sonrisa de satisfacción apareció en sus labios.

			—Así es.

			—Entonces, ¿qué…?

			Despacio, Lou se puso de pie, quitándose el barro de las rodillas mientras el gato se desvanecía en una nube de humo negro.

			—Vamos a tener que separarnos, Reid.





		 			Capítulo 6

Pelo teñido



			Lou

			—Vino blanco y miel, seguido de una mezcla de raíces de celidonia, rubia roja con aceite de oliva, aceite de semillas de comino, virutas de madera y un poco de azafrán. —Madame Labelle colocó con infinito cuidado las botellas en la roca que habíamos convertido en una mesa—. Si se aplican y se dejan alquimizar durante un ciclo solar completo, transformarán tus mechones en dorados.

			Me quedé mirando las muchas botellas, horrorizada.

			—No disponemos de un ciclo solar completo.

			Me dirigió una mirada cortante.

			—Sí, obviamente, pero con los ingredientes en bruto, tal vez podríamos… acelerar el proceso. —Todos a una, miramos al otro lado del campamento, donde estaba Reid, que se había enfurruñado en soledad, afilando su Balisarda y negándose a hablar con nadie.

			—No. —Negué con la cabeza, apartando las botellas a un lado. El propósito de aquel ejercicio inútil era disfrazarme sin magia. Después de lo que había pasado con Reid en el arroyo… Bueno, no teníamos por qué provocar al peligro sin razón—. ¿No había pelucas?

			Madame Labelle se burló, metiendo la mano en su bolso una vez más.

			—Por inconcebible que suene, Louise, no había ninguna tienda de disfraces en el pequeño pueblo agrícola de Saint-Loire. —Golpeó otro frasco contra la roca. En su interior, se retorcieron algunas cosas—. ¿Te interesaría un frasco de sanguijuelas en escabeche? Si dejas que se te achicharren en el pelo durante un día soleado, me han contado que proporcionan un rico color negro azabache.

			—¿Sanguijuelas? —Coco y yo intercambiamos miradas horrorizadas—. Menuda asquerosidad —dijo ella categóricamente.

			—Estoy de acuerdo.

			—¿Qué tal esto como alternativa? —Madame Labelle sacó dos botellas más de su bolso y nos las lanzó, no sin cierta violencia, a Coco y a mí. Me las arreglé para coger la mía antes de que me rompiera la nariz—. La pasta de óxido de plomo y cal apagada te teñirá el pelo de un negro como la noche. Pero ten cuidado, el dependiente me informó de que los efectos secundarios pueden ser bastante desagradables.

			No podían ser más desagradables que su sonrisa.

			Beau dejó de hurgar en el morral de Coco.

			—¿Efectos secundarios?

			—La muerte, sobre todo. No hay nada de que preocuparse. —Madame Labelle se encogió de hombros, sin alterarse, cada una de sus palabras goteaba sarcasmo. No me sentó del todo bien—. Mucho más seguro que usar la magia, estoy segura.

			Con los ojos entrecerrados, me arrodillé para inspeccionar el contenido de su morral yo misma.

			—Es solo una precaución, ¿de acuerdo? Estoy intentando ser amable. Reid y la magia no se llevan exactamente bien en este momento.

			—¿Alguna vez lo han hecho? —murmuró Ansel.

			Bien visto.

			—¿Puedes culparlo? —Saqué las botellas al azar y examiné las etiquetas antes de apartarlas a un lado. Madame Labelle debía de haber comprado toda la botica—. Ha usado la magia dos veces, y en ambas ocasiones, la gente ha terminado muerta. Solo necesita… tiempo para reconciliarlo todo. Hará las paces consigo mismo.

			—¿Tú crees? —Coco frunció el ceño en señal de duda, echándole otra larga mirada—. Es decir… el matagot apareció por una razón.

			El matagot en cuestión se encontraba en las ramas inferiores de un abeto, mirándonos con sus ojos amarillos.

			Madame Labelle me arrebató su morral. Con un solo movimiento, metió las botellas dentro.

			—No sabemos si el matagot está aquí por Reid. Mi hijo no es el único que está atormentado en este campamento. —Me dirigió sus ojos azules, y me puso un trozo de cinta en la mano. Más grueso que el que había llevado en el pasado, pero aun así… El satén negro apenas me cubría la nueva cicatriz—. Tu madre ha intentado asesinarte dos veces. Por lo que sabemos, Absalón podría haber aparecido por ti.

			—¿Por mí? —resoplé, incrédula, levantándome el pelo para que Coco me atara la cinta alrededor de la garganta—. No seas estúpida. Estoy bien.

			—Estás loca si crees que la cinta y el tinte de pelo te esconderán de Morgane.

			—De Morgane no. Podría estar aquí ya, observándonos. —Saqué el dedo corazón por encima de mi cabeza, por si acaso—. Pero la cinta y el tinte para el pelo podrían ocultarme de cualquiera que vea esos malditos carteles de «Se busca», incluso podrían ocultarme de los chasseurs.

			Cuando terminó con la cinta, Coco me dio un golpecito en el brazo, y yo me dejé caer el pelo, grueso y pesado, por la espalda. Percibía la sonrisa en su voz.

			—Esos carteles son de un parecido asombroso. El cuidado con el que el dibujante ha recreado tu cicatriz…

			Resoplé muy a mi pesar, girándome hacia ella.

			—Parecía otra extremidad.

			—Una bastante grande.

			—Una más bien fálica.

			Cuando estallamos muertas de risa, madame Labelle resopló con impaciencia. Murmurando algo sobre las niñas, se marchó para unirse a Reid. Ya era hora. Coco y yo nos reímos de nuevo. Aunque Ansel intentó seguirnos la corriente, su sonrisa parecía un poco afligida. Una sospecha que quedó confirmada cuando preguntó:

			—¿Crees que estaremos a salvo en el campamento de La Voisin?

			La respuesta de Coco llegó al instante. —Sí.

			—¿Qué pasa con los otros?

			Cuando la risa se desvaneció, le echó un vistazo a Beau, que había empezado a revolver a escondidas en su morral una vez más. Le apartó la mano pero no dijo nada.

			—No me gusta —continuó Ansel, moviendo el pie con inquietud, cada vez más agitado—. Si la magia de madame Labelle no ha podido escondernos aquí, tampoco los esconderá a ellos en cuanto nos marchemos. —Me dirigió una mirada suplicante—. Tú dijiste que Morgane amenazó con arrancarle el corazón a Reid. Cuando nos separemos, ella podría atraparlo, obligarte a volver al Chateau.

			Reid había comentado eso mismo hacía una hora, o mejor dicho, lo había gritado.

			Resultó que el plan de conseguir aliados para enfrentarse a Morgane en el funeral del arzobispo no le hacía tanta gracia si eso significaba que tendríamos que separarnos. Pero necesitábamos a las brujas de sangre para que aquella locura de plan funcionara, y La Voisin había dejado claro que Reid no era bienvenido en su campamento. Aunque eran pocas, su reputación era formidable. Lo bastante temibles para que Morgane hubiera denegado su petición anual para volver a unirse a nosotras en el Chateau.